Un café en Estambul

Por Óscar Aguirre Mandujano

Estambul, Septiembre, 2014. Tengo veintiocho años, y vivo en Turquía. Hace doce años no me hubiese imaginado vivir aquí. Hace doce años no me hubiese imaginado que iba a estar sentado en un café recibiendo a un amigo que había viajado desde Arabia Saudita hasta Estambul por el fin de semana. Ese amigo nunca ha compartido una ciudad conmigo por más de unos días. Originario de Villahermosa, Tabasco, vivió en Monterrey antes de mudarse a Arabia Saudita para continuar con sus estudios de posgrado, y eventualmente trabajar para una empresa saudí. Yo, en cambio, seguí una trayectoria completamente diferente. No sólo nací y crecí en la Ciudad de México, sin jamás pasar más de un par de días en Villahermosa como ocurrió en el 2004 (José entonces vivía en Monterrey), antes de mudarme a Londres en el 2009, a Seattle en el 2011 y finalmente a Turquía en el 2014. No ha sido, sin embargo, la primera vez que me encuentro con José. ¿Cómo terminamos tomando un café en Estambul?

Conocí a José en Puebla en el 2005. Ambos estábamos brevemente en la ciudad como parte de un evento nacional de escuelas IB (Bachillerato Internacional), cuya sede aquél año era el Colegio Americano de Puebla. La pequeña cumbre de estudiantes provenientes de varios bachilleratos del país era una especie de versión condensada de lo que en las escuelas IB era llamado CAS (Creatividad, Acción y Servicio). La idea era básica, o al menos así la entendí entonces: además del currículo académico, era necesario incluir actividades extracurriculares como parte central del desarrollo integral del alumno. Dichas actividades estaban estructuradas en tres grupos: actividades creativas (teatro, diseño, periodismo escolar), actividades de acción (¡valga la redundancia!, eran actividades generalmente deportivas, kung-fu, básquetbol) y actividades de servicio (social, digamos; campañas de nutrición, participación en programas de caridad, apoyo social). A lo largo de tres años de educación media superior, el alumno debía cubrir una serie de combinaciones de estas tres actividades. Aunque cada alumno intentaba tomar más clases del área que más le acomodaba (el deportista intentaba saturar sus horas de básquetbol y evitar a toda costa las actividades de servicio), la estructura te forzaba en cierta medida a realizar actividades en las tres categorías. Aunque yo siempre me sentí más identificado con el club de teatro, con la clase de diseño, o con las notas de periodismo escolar, eventualmente me vi en la necesidad de inscribir otras actividades. Algunas de las mejores experiencias de aquellos años, sin embargo, surgieron justo de esas actividades inesperadas (como cuando terminé en una fiesta de quince años de una alumna que tuve en un orfanatorio al que apoyábamos cerca de la Villa, o los niños que vi fortalecerse en las campañas de nutrición en el Espinal).

La cumbre en Puebla era una pequeña versión de CAS, condensada en tres días de trabajo, donde alumnos de diversas escuelas se reunían a participar en actividades compartidas (actividades deportivas, clubs de debate, excursiones a comunidades rurales de las inmediaciones). ¿Por qué les cuento todo esto? Porque el impacto de aquellos días fue en el nivel más sencillo, pero quizá el más importante, el nivel humano.

El día previo al inició de la cumbre en Puebla, a unas horas de viajar con los otros miembros de la delegación de la EBC y de otras escuelas de la Ciudad de México, tuve una serie de altercados personales con amigos cercanos (forma impersonal de decir, tuve algunas diferencias al mero estilo adolescente). Entonces, quizá con menos criterio que ahora, me parecía mucho más urgente resolver aquellas diferencias con mis compañeros del diario que subirme a un autobús e ir a compartir un fin de semana con desconocidos. Después de todo, si era tan fácil pelearme con gente con la que convivía constantemente, cuál era el sentido de ir a conocer gente que posiblemente jamás volvería a ver. Entonces, sin embargo, no siendo todavía un hombre independiente, y al haber justamente dependido de mis padres para pagar el viaje, una pequeña pelea adolescente no les pareció suficiente para cancelarlo; así, de pronto me encontré rumbo a Puebla en el autobús de la EBC. Ilusionado con la idea de libertad personal, exacerbada por la sentimentalidad de un adolescente enojado, decidí que si bien podían forzarme a viajar a Puebla, no podían obligarme a disfrutarlo. Mi enojo sería un acto de resistencia, pensé entonces.

Así, consecuente, llegué a Puebla con toda la disposición de no estar dispuesto a nada. Y pronto me vi en medio de un equipo de estudiantes de preparatoria de varias escuelas nacionales cuyo entusiasmo por participar sólo me convencía de lo fútil de aquél esfuerzo. La mañana del segundo día nos tocó visitar un pequeño plantío de maíz donde nos pusimos a pizcar el grano y charlar con los campesinos que trabajaban ahí. La idea de pizcar maíz no me fue precisamente grata y apenas llegar al lugar me decidí a no trabajar. Es justo aquí cuando José entra en la historia. José, al igual que toda la comitiva de Tabasco, era profundamente entusiasta de todas las actividades. Y junto a dos amigas suyas, Mara y Ligia, y entre risas y porras comunes (que no estoy seguro como se habían puesto de acuerdo para estar tan colectivamente alegres) me encontré pizcando maíz a regañadientes. Quizá sin darse cuenta, José y otros de sus amigos terminaron regateando mi participación en las diversas actividades. En algún momento del día escuché a los campesinos comentar cómo todavía faltaba que pasaran un par de meses antes de la temporada de pizca, y cómo nuestra actividad en realidad los había afectado. Ellos habían ofrecido voluntariamente sus parcelas para que aprendiéramos un poco sobre su estilo de vida. No tengo duda que la escuela habría hecho alguna especie de contribución, pero la desconexión entre las “actividades sociales”, la experiencia de los estudiantes, y la realidad social de los campesinos me causó un especie de choque. Esa tarde compartí mi sorpresa y descontento con otros. Este espacio, sin embargo, no es el adecuado para desarrollar una crítica enfocada a las “actividades sociales” en escuelas, su verdadero impacto, y las implicaciones sociales y éticas que conllevan. Baste decir que, quizá en una manera diferente a la que habían planeado los organizadores, la actividad despertó en mí dudas que cuestionaban la estructura educativa a un nivel que entonces no comprendí del todo y que no estaba listo para entender todavía. La curiosidad, la incomodidad, y el interés, empero, inició con esa experiencia.

Dos días después José y la delegación tabasqueña se encaminaron de regreso a Villahermosa, y nosotros a la Ciudad de México. La íntima transformación de una especie de conciencia social que habría de formarse en mis años universitarios fue un hecho que compartí con José y con los otros. Al mismo tiempo, re-descubrí esa capacidad humana de negociar, compartir, regatear y transformarse a uno mismo, entre risas, bromas, frases que intentan convencer, porras que intentan inspirar. Descubrí que podía crearse un vínculo entre dos seres humanos en cuestión de segundos. Un vínculo que, años después, me llevó a pasar el día con José en la Ciudad de México, cuando asistía una sesión informativa para realizar un posgrado en Arabia Saudita. Un año después yo me mudé a Londres, y hace un mes coincidimos en Estambul. Platicamos de aquél incidente y de otras cosas, y descubrimos, me atrevo a decir, que ese vínculo seguía ahí, a pesar de existir solamente en pequeños y breves encuentros en varias e inesperadas geografías.

El encanto de CAS era esa magia humana, que bajo la estructura de creatividad, acción y servicio, tenía la capacidad de crear vínculos de por vida, de despertar curiosidad y duda, duda en el sentido de conciencia; y de desarrollar verdaderamente al alumno en formas que el currículo académico era incapaz. Pues aquel fin de semana en Puebla, José y yo pizcamos maíz, comimos mole, nos sorprendimos de la incongruencia de la actividad que realizamos, reímos, cantamos, y nos sentamos en una fogata. Doce años después, en el 2014, José y yo nos tomamos un café en Estambul.