Stella Fernández

Por Teresa Cecilia Sandoval Macías y Nelly Tapia Santoyo
C.P. Stella Fernández | Amiga del Museo | Foto: Nelly Tapia Santoyo | AHEBC | Acervo fotográfico | 2009
Generación de Contador Privado 1943 | Donada por C.P. Stella Fernández | AHEBC | Acervo fotográfico | 1943
Boleta de calificaciones | Donada por C.P. Stella Fernández | AHEBC | Acervo fotográfico | 1942
Invitación a la ceremonia de entrega de Premios 1943 | Donada por C.P. Stella Fernández | AHEBC | Acervo documental | 1943
Recorte de periódico sobre la entrega de Premios de la EBC en 1943 | Donada por C.P. Stella Fernández | AHEBC | Acervo documental | 1943
Fotografía de generación 2º año de Contador Privado 1943 | Donada por C.P. Stella Fernández | AHEBC | Acervo fotográficol | 1943
Recorte de periódico sobre el Baile de Graduación de la generación 1942-44 de Contador Privado de la EBC | Donada por C.P. Stella Fernández | AHEBC | Acervo documental | 1944
Recorte de periódico sobre el Té Danzante de la EBC | Donada por C.P. Stella Fernández | AHEBC | Acervo documental | ca. 1943

Benefactora del Museo EBC

Contador Privado

Generación 1942 - 1944

Si me preguntaran en que época me habría gustado vivir, seguramente mi respuesta después de haber platicado con la C.P. Stella Fernández Monterrosa, sería “en los cuarentas”.

La década, a nivel internacional, estuvo marcada por la segunda guerra (1939 a 1945), evento que modificó al mundo de manera radical; sin embargo, en México se vivía la época de oro representada por el auge y la euforia cinematográfica, caracterizada por una moral conservadora que cundía en numerosos segmentos de la sociedad. Entre las estampas que se quedaron suspendidas en el tiempo predomina el glamour y el lujo expresado en el uso de pieles y hermosos vestidos, acompañados del cabello suelto y ondulado que estilaban las divas, y por los trajes sastre y el sombrero de los caballeros; todo ello enmarcado por los tranvías, la música y la actividad comercial que se desarrollaba en el centro de la floreciente ciudad de México.

Era precisamente en el centro de esta ciudad, en San Juan de Letrán, donde la familia Fernández tenía su negocio de compra-venta de material eléctrico. En la entrevista que tuvimos con ella, doña Stella nos platicó que en ese entonces no había muchas fábricas, así que su padre tenía que viajar continuamente a Estados Unidos para surtir la mercancía con la que comercializaba. Fue ahí también, sobre la calle de Madero y Palma en el edificio Thermidor, donde Stella viviría “una de las mejores etapas de la vida” como bien lo dice.

Corría 1941 y ya habiendo cursado un año de preparatoria, en una institución donde estudiaba química, Stella se da cuenta que esa carrera no le apasiona y empieza a vivir una etapa de rebeldía, que afecta su desempeño escolar. A pesar de ello, su padre decide que este no sería el fin de los estudios la Srta. Fernández y empieza a indagar sobre las instituciones de prestigio que habían en ese tiempo, y es así como se encuentra con la EBC.

“Había muchas academias, pero la Escuela Bancaria y Comercial era la de mayor prestigio y la que te daba status” comentó doña Stella. Así pues, en 1942 inició su carrera como contador privado, a sus dieciocho años y con nuevas perspectivas, dispuesta a dar lo mejor de sí.

Durante su estancia en la EBC no tuvo más que un excelente desempeño y gratos recuerdos. Fue una alumna dedicada y apasionada por la cultura, interés que don Agustín Loera y Chávez despertó en ella. Por haber destacado en su aprovechamiento escolar, junto con las señoritas Teresa Prieto y María Elena Hernández, fue reconocida en 1943 con un bono de $500.00, premio que era otorgado por diferentes instituciones de crédito en un evento al que asistiían importantes personalidades del ámbito bancario y que se llevaba a cabo dentro de la biblioteca de la escuela, ubicada en Palma 44.

De los profesores que más recuerda, sin mencionarlos en un orden específico, nombró al Lic. Elías, al Prof. Ángel Alvarado, a la Prof. Isabel Espinoza y al profesor Beascoechea, quienes impartían materias curriculares. Pero de quien habló con verdadera deferencia fue de don Agustín, quien dejara una verdadera huella en su vida; el entonces director de la Escuela Bancaria y Comercial, en su intención de dar siempre más, impartía de manera extracurricular clases de cultura. Stella nos cuenta que al final de cada ciclo escolar hacían una especie de libro o recopilación de todos los temas vistos en esas sesiones y de reflexiones personales sobre el arte y la pintura. Nos platicó que, posteriormente fue el Lic. Carrillo quien continuó impartiendo estos cursos y que fue ahí donde nació una bonita amistad, que Stella y su esposo fomentaron con el paso de los años, con Ignacio Carrillo y su esposa Felisa Prieto.

“Era un hombre muy pulcro y gran pianista, cuando nos reuníamos tocaba el piano, realmente agradable” comentó la contadora.

Doña Stella recuerda que la vida era completamente diferente en aquellos días, por las tardes después de clases salía con sus amigos a algún café en la calle de Madero o a tomar un helado en Holanda que era uno de los lugares más concurridos por los jóvenes estudiantes.

Entre sus anécdotas, tiene memoria del día en que salió temprano y en lugar de ir al negocio de su padre, como regularmente lo hacía, se le ocurrió irse de pinta y para su sorpresa mientras caminaba por las calles del centro se encontró con su papá y no pudo hacer nada más que disculparse.

Por otro lado, nos cuenta que los festejos de aquellos días son memorables para ella, el Té Danzante “ya una tradición de la escuela” puntualizó, se realizaba para recolectar fondos para la fiesta de graduación y se llevaba a cabo en el internado de la escuela, el cual se encontraba sobre la avenida Reforma. “Usualmente era en sábado por la tarde entre las cinco y seis hasta las diez u once de la noche, y se ofrecían refrescos y bocadillos”.

Ella vivía en Churubusco y para poder llegar a la escuela había que tomar un tranvía “…de los cremas con verde sobre la Calzada de Tlalpan…”, que pomposamente se denominaba una "vía rápida de superficie" y recorría hasta el centro de la ciudad y el Zócalo capitalino.

En sus primeros pasos en la vida laboral tuvo la oportunidad de trabajar para un contador ruso de apellido Tulchinsky, cuyo despacho se encontraba en la calle 16 de Septiembre, para de ahí moverse a una fábrica de plata y desempeñarse en el área de contraloría.

Desde sus días de estudiante ya conocía a quien se volvería su alma gemela, así que felizmente se casó y por algún tiempo dejó de lado la vida laboral para dedicarse a las labores del hogar, sin embargo su esposo inició su propio negocio y creó una fábrica de lámparas y muebles, y fue ahí donde Stella continuó practicando la contabilidad para ayudar a su esposo en la administración del negocio familiar. Aunque también laboró en el Instituto Juárez de Coyoacán como contadora por algunos años.

“Mis clases eran muy buenas y gracias a lo que aprendí de mis maestros en la bancaria sobre redacción, ortografía y cultura, fue como pude contribuir a mi comunidad escribiendo la revista La Voz de Miravalle”.

“Los tres años me han dejado muchas satisfacciones” nos comenta la contadora, quien recuerda ese tiempo como una de las época más agradables y significativas en su vida, la EBC y sobre todo don Agustin Loera y Chavez, quién dejó en ella el legado de la cultura. Hoy en día, Stella Fernández se encuentra al lado de su esposo atendiendo una pequeña tienda de artesanía.