Semblanza de Ignacio Carrillo Zalce

Por Felisa Prieto de Carrillo
Ignacio Carrizo Zalce | 1954. AHEBC | Acervo fotográfico
Ignacio Carrizo Zalce | Fotografía donada por Agustín Barbabosa Kubli | AHEBC | Acervo fotográfico | 1963
Entrega de premios | 11 de diciembre de 1963 | AHEBC | Acervo fotográfico | 1963
La oficina | Revista Crédito, México D.F., Vol. VI, No. 4, Enero de 1947 | Acervo hemerográfico | 1947
La oficina | Revista Crédito, México D.F., Vol. VI, No. 4, Enero de 1947 | Acervo hemerográfico | 1947
La oficina | Revista Crédito, México D.F., Vol. VI, No. 4, Enero de 1947 | Acervo hemerográfico | 1947
La oficina | Revista Crédito, México D.F., Vol. VI, No. 4, Enero de 1947 | Acervo hemerográfico | 1947

(1915-1985)

Apenas dos años habían pasado de la tristemente recordada decena trágica. El país se encontraba en la difícil tarea de recuperación, después de los años de la revolución.

Así las cosas, la noche del 29 de abril de 1915 llegó a la casa de la calle de Camelia en la entonces muy residencial colonia Guerrero, de la ciudad capital, el último hijo de la familia Carrillo Zalce, el que había de llevar el nombre del ilustre santo Ignacio de Loyola.

Tan inesperado fue el arribo –después de once años del nacimiento de la hermana que le antecedía- que cuentan las anécdotas familiares que hasta el perro huyo de la casa, desconcertado ante tal acontecimiento.

El niño “Nachito”, como lo bautizó inmediatamente su nana, creció en medio de un hogar compuesto por sus padres el abogado Adolfo Carrillo Gómez de Betanzos y Argelina Zalce Rodríguez, cinco adultos jóvenes José, Carlos, Guillermo, María Teresa, Anna Emma y una hermana adolescente Carmen, constituían una familia inmediata. Como centro de atención de la familia no sólo fue mimado, sino que también fue instruido. Sus hermanas mayores ya hacían sus pininos como maestras de primaria en las escuelas públicas de la ciudad. Luego, la educación básica del niño naturalmente fue en la escuela en la que trabajaba su hermana María Teresa.

Desde muy temprana edad, como suele suceder cuando se crece entre gente mayor, el niño mostró rasgos muy claros de inteligencia. Era pronto para aprender. Lo curioso fue que mostraba interés por la ciencia y un verdadero fervor por las artes. Sus hermanas contaban que cantaba con buena entonación, lamentablemente una severa tos ferina, que sufrió a los ocho años, acabó, con la voz que se le había detectado.

Por otra parte, ya en la secundaria (Secundaria No.4), obtuvo el primer lugar nacional en el concurso de Química (Hay medalla de oro en lo que consta esta hazaña).

Durante esos años de secundaria llegó a la casa paterna algo que habría de ser de gran importancia en la vida de Ignacio; un piano vertical alemán que era en realidad una enorme pirinola. El piano se había adquirido porque Carmen, la hermana menor –la que le llevaba once años a Ignacio- estaba estudiando la carrera entonces muy novedosa de educadora y era preciso que aprendiera a tocar el piano.

El mismo Nacho contaba que el instrumento le había fascinado de tal manera que cuando la maestra pretendía enseñar a su hermana, él se ocultaba en algún rincón no muy visible de la sala para oír la lección. Llegó el día en que la maestra lo descubrió y le pidió que saliera. Intrigada por el interés del jovencito de catorce años, lo sentó al instrumento para que “tocara”. Su sorpresa fue mayor cuando descubrió que podía repetir el manual completo para principiantes que tanto trabajo le estaba costando a Carmelita.

Se pronunció inmediatamente que Nachito tenía “muy buen oído”. Durante unos nueve o diez meses, después de la clase de su hermana, el jovencito se apoderaba el instrumento y la maestra lo adelantaba en manuales más avanzados. Sin embargo, la economía familiar no daba para sofisticaciones de clases de piano y pronto quedó nacho sin mentora musical. Sus estudios fueron avanzados hasta terminar la preparatoria. Llegaba el momento de decidir el camino a tomar para sus estudios superiores. Para sus padres, no existía problema. Por supuesto, Nacho tendría que ingresar a la escuela de Jurisprudencia de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Ignacio, de todos modos y sin violentar ostensiblemente la voluntad paterna, se inscribió al Conservatorio Nacional. Con gran ilusión asistió a las primeras clases. Fue muy a principios de este intento cuando cruzó en su camino un amable profesor de algunas de las disciplinas que es menester abarcar cuando se intenta incursionar en el arte de la música. Este buen señor, después de un semestre de lecciones en las primicias de piano, llamó a su alumno y le dijo, con el cuidado que sólo un maestro de vocación tiene, que celebraba mucho su entusiasmo por tocar el piano, pero desafortunadamente, la constitución física de sus manos nunca lo dejarían ser un gran concertista. Algo así por razón de alcance no completo de la octava en las teclas del piano. No obstante, lo instó a que nunca dejará su amor por la música por que seguramente le abría de ayudar mucho en su vida fuera cual fuera el camino que tomara en el campo profesional.

Nacho afirmó que aquel consejo de su maestro de piano del conservatorio había sido el mejor que le habían dado en su vida.

Cumpliendo con los deseos de sus padres, Nacho ingresó al primer año de Leyes en la Universidad. Allí también destacó por su deseo de hacer las cosas bien. Pronto descubrió el lado noble de la carrera y en su intento por descifrar la filosofía del derecho, decidió, al mismo tiempo, inscribirse en algunas materias de Filosofía y letras. Esta doble persecución del saber académico pinta el carácter de Ignacio. Por su parte la decisión de dominar una disciplina que no era de su total predilección, pero necesaria para ganarse la vida, y por otra, perseguía el conocimiento que lo satisfacía y agrandaba su espíritu.

Ya de pasante, su primer trabajo remunerado fue el de maestro de la escuela nocturna para obreros, extensión de la universidad. En barrio que desde entonces se consideraba algo peligroso, el aspirante a abogado encontró su verdadera vocación: la docencia.

Ya recibido, pero no muy seguro de cuál podría ser el camino que le permitiera ganarse una vida decorosa, el destino de nuevo intervino. Esta vez en la persona de un maestro que le había impartido cátedra en sus años de preparatoria: Agustín Loera y Chávez. De un muy casual encuentro en una bocacalle del centro, surgió la cita para acudir a las oficinas de la novísima Escuela Bancaria y Comercial en la calle de Palma 44.

De este encuentro dado con tanta casualidad, surgió la vida de plena madurez de Ignacio. Al día siguiente se presentó en las oficinas principales de Palma 44 y tuvo una larga entrevista con Don Agustín.

El resultado fue, que al joven abogado le fueron entregadas diversas tareas. Habría de participar en el trabajo que se llevaba acabo en la Editorial Banca y Comercio; sería supervisor del trabajo extra-aulas de los internos. Estaba muy recién estrenado el internado de la Escuela| Bancaria y Comercial en lujosa residencia de las Lomas Chapultepec. A lo interior le agradaba la responsabilidad de dos o tres cátedras en la escuela nocturna.

El horario y la remuneración fueron aceptados por Ignacio y su ingreso a nóminas fue inmediato.

Todo esto ocurría durante los primeros meses del 1940. Casi en idéntica fecha entraba como instructora de la Escuela por Correspondencia, Felisa Prieto Argüelles, ex alumna de la generación del 39. Pero esto es – para citar anuncio muy repetido, otra historia.-

La Escuela, a la sazón, se había reorganizado a la raíz de algún serio problema interno. El organigrama ahora quedaba con secretaría General, en vez de la Subdirección. En aquellas fechas del arribo del licenciado Carrillo Zalce la secretaría la desempeñaba otro abogado, un licenciado Delgado.

Escasamente habrían pasado un par de años cuando quién sabe por que razón la Secretaría de la escuela quedó vacante. Casi de inmediato el puesto de equivalencia a la subdirección y jefatura del personal, fue ofrecido y aceptado por el licenciado Carrillo Zalce. A sus nuevas tareas se avocó Ignacio con la perseverancia y constancia que lo caracterizaban. No fue nunca monedita de oro pero su inteligencia y dedicación no la ponían en tela de duda de los envidiosos ni de los indiferentes.

Cuarenta y tres largos años duró Ignacio en su cargo. En verdad se puede decir que trabajó hasta su muerte. Nunca faltó. Su horario fue ajustándose al transcurso del tiempo. Nunca dejó de dar clases. La silla de Historia del Arte la ocupó durante tres décadas. Además, impartió diversas clases en la ciencia del derecho e incursionó en el campo de la organización y prácticas de oficina. Escribió media docena de libros de texto y una muy famosa práctica de archivo: el problema No.11. Intervino en revisión y buena redacción de distintas ramas del departamento de cursos de correspondencia y surgió prestando valiosa ayuda, en la medida en la que se lo permitían sus otros deberes, en la Editorial Banca y Comercio.

La nueva tecnología derribó los textos que en materia de organización de oficinas había escrito el licenciado Carrillo, pero nunca anuló la claridad de los conceptos en ellos contenidos.

De su vida personal hay que mencionar que el doce de agosto de 1946 Ignacio se casó con Felisa Prieto Argüelles.

El matrimonio tuvo tres hijos: Ignacio, María Teresa y Carlos, hoy tres profesionistas que han sido reconocidos cada uno en su campo de actividad.

Durante las más de cuatro décadas de trabajo de Ignacio carrillo Zalce en la Escuela Bancaria, muchas cosas pueden contarse. Su fama como un buen maestro fue extendida. Hasta los que recibieron el rigor de su desaprobación aceptaron que se trataba de alguien a quien le gustaba enseñar y sabía hacerlo. Naturalmente hay un buen número de anécdotas que se cuentan como sucedidas en aquel tiempo. Como todo, el que cuenta compone. Sin embargo lo que continuación cuento si sucedió.

Habrá que entender que la Escuela Bancaria y Comercial, como institución privada, cumplía en esos años un papel muy singular. No tenía más que un incipiente departamento de estudios superiores. Empezaba a impartirse la carrera de Contador Público Titulado. El camino no era muy sencillo y las carreras cortas que oscilaban de dos a cuatro años, las que constituían la médula del plantel de enseñanza.

La Escuela Bancaria, no obstante, tenía prestigio. No era, ni de lejos el tipo de institución que ahora llaman -por alguna razón- “patito”. Por lo contrario, era más bien, sobre todo en sus primeros años, una escuela para jóvenes de categoría. Bastaría hojear las listas de la generación del 35 para convencerse de ello.

La planta de profesores de esta escuela no podría calificarse mas que de extraordinaria, basta con citar algunos nombres: Alfonso Caso, Alejandro Prieto, Luis Latapí, Alfredo Chavero, Pedro Romero de Terreros, Gustavo Mondragón, Salvador M. Elías, Agustín Loera y muchos más.

Cuando la Escuela Bancaria y Comercial, por fin, hizo traslado completo de sus instalaciones del centro, de la calle de Palma al edificio de Reforma y Nápoles, las tareas del Secretario general fueron extendiéndose a una institución de muy amplia inscripción. Todavía no arribaba la época de las universidades privadas y la opción para estudios superiores era restringida.

Aunque el internado no duró más que unos cuatro años, por la dificultad que implicaba el control de aquellos jóvenes, muchos de los cuales eran “niños ricos”, hijos de empresarios y políticos foráneos, seguía habiendo un grupo, ciertamente no muy grande, de alumnos que por su status social, solían ocasionar de vez en cuando un problema de difícil solución, sobre todo en el campo de la disciplina escolar.

Así sucedió que muy recién estrenadas las instalaciones completas de reforma, un día se presentó un empleado de intendencia en las oficinas del licenciado Carrillo para reportarle que en baño para varones del primer piso de la escuela, había habido un desaguisado consistente en ejercicio de puntería implementado con dos rollos de papel higiénico saturados con agua. Se trataba de la rotura de un gran espejo de rincón a rincón del baño, de lado de los lavamanos. Bastó una rápida pesquisa para dar con el culpable. Hubo un mínimo intento de ocultación y del joven, un tanto cínico, se presentó a la secretaría para recibir lo que se imaginaba sería el regaño del rigor. Poco sabía de la firmeza moral de a quién se presentaba.

A invitación del licenciado Carrillo el joven tomó asiento y tras admitir su culpa en una acción que calificó como “puntada”, sacó chequera y pluma y con arrogancia preguntó ¿Cuánto? Hizo el cheque por la cantidad indicada, pero al hacer el movimiento por poner la tapa en su pluma fuente, con voz tranquila, se le dijo: - espera, no la guardes, te falta firmar otra cosa-. La otra cosa era su baja del registro de alumnos de la escuela. Nunca hubo marcha atrás, pese a las amenazas veladas y no tan veladas de influyente político, padre del engendro.

Viene a la memoria otro incidente que tuvo lugar un par de años después. Estaba a menos de un año de distancia la terminación de carrera de uno de los primeros grupos de contadores Públicos de la Bancaria. Era un grupo selecto y por lo mismo, difícil. Había de todo; pasantes brillantes y pasantes grises, algunos de sorprendente madurez y otros sorprendentemente infantiles. Había ingresado un nuevo maestro para una de las materias más difíciles de la carrera. Se trataba de materia jurídica no contable. El maestro era un poco mayor que los alumnos. En este caso y con este grupo, semejante circunstancia lo colocaba en posición difícil; pero el hombre sabía de su materia. Como quiera que haya sido, resultó que el primer examen parcial, todos los alumnos reprobaron. Aquello de que en tal caso es más culpa del maestro que de los alumnos, no rezaba con el Lic. Carrillo. De buena fuente se sabía que había un acuerdo de buscar la reprobación total para que el maestro, que como joven era también muy exigente saliera huyendo.

Cual no sería su sorpresa y el desconcierto del grupo al ver que su estrategia fallaba. Habían acordado no entrar a la siguiente clase del maestro, haciendo huelga de brazos caídos en el patio de la escuela. Al recibir el reporte de la no presentación del grupo, el licenciado Carrillo mandó a llamar a representantes caídos para oír sus quejas. Las hubo...desde ”no sabe dar clase” hasta “es muy injusto”. Les hizo ver el licenciado Carrillo que aunque se hablaría con el maestro, era menester que cumplieran con el reglamento de la escuela, firmado por ellos y regresaran a clase. En lo que la comitiva volvía al patio, Ignacio habló con el joven maestro. Satisfecho de que no había ni ignorancia ni injusticia (de parte del maestro) convocó de nuevo a la representación estudiantil. No se trataba de repetir examen, el grupo ya era prácticamente profesional. De nuevo se les incitó a regresar a su salón. De nuevo la negativa. Con los representantes del grupo se comentó el derecho de la escuela a cancelar inscripción de los alumnos rebeldes. Los jóvenes estaban muy envalentados y decidieron no atender la invitación de la dirección. Así pasaron varias horas hasta que hubo de convocarse uno por uno, repetirles la invitación de regresar a su salón y oír de nuevo la tonta negativa. Uno por uno, entonces fue firmando su baja de la Institución.

El escándalo fue grande. Padres, tutores, miembros influyentes del sector empresarial y del sector público llenaron los pasillos de la planta baja de la escuela esa noche. No hubo capitulación. Los jóvenes estaban dados de baja por que habían incumplido el reglamento en forma grave. Todos, sin excepción tuvieron que presentar los exámenes de aquel año escolar, a título de suficiencia.

Nunca más tuvo la escuela problema semejante.

No faltó el ofrecimiento de cheque robusto a cambio de certificado “limpio”. Por supuesto nunca aceptado y casi siempre prólogo de baja inevitable.

También hubo amenazas de suicidio –con pistola sobre el escritorio de licenciado Carrillo, si no se concedía la promoción no merecida al hijo. Sólo el valor, la serenidad y la prudencia de quién se enfrentaba con semejante situación, pudieron resolver el problema sin mayores consecuencias. Así era Nacho.

Tampoco faltó la indignada esposa que entrara airadamente a las oficinas del licenciado Carrillo para reclamarle las evidencias reclamatorias que había encontrado en el automóvil de su esposo, maestro poco cauteloso y honrado quién tenía amoríos con agraciada y liviana alumna de la escuela.

Con frecuencia Ignacio se veía en la necesidad de ejercer paciencia ante las recomendaciones de los padres de los alumnos que lo instaban a que extendiera garantía del casto comportamiento de sus hijos. La respuesta, recibida de frases diplomáticas pero firmes, siempre fue: “Dentro de la escuela les aseguro que asumimos la responsabilidad que ustedes demandan, desafortunadamente debo advertirles que traspasado el umbral para la calle dependerá de la forma en la que ustedes han educado a sus hijos. Y añadía: Y del ejemplo que ustedes les hayan dado...Era lo cierto.

Nacho siempre afirmó que el peligro tan temido de los padres lo corrían más los varones que las tímidas doncellas.

La vida de Ignacio Carrillo Zalce fue una vida de arduo trabajo. Tuvo grandes satisfacciones y algunas también considerables decepciones. Como casi todos lo experimentamos en este vivir difícil.

Nunca dejó Ignacio su amor por la música. El piano era parte de su vida y de su familia. No era raro que en la casa se recibiera la llamada de Amparo Montes, pidiendo que le dijeran a Nachito que por favor la acompañara esa noche en la cueva, por que Teté estaba indispuesta. Y Nacho iba y lo hacia muy bien.

Sabido, tanto entre los profesionales como en los aficionados a la música nocturna de esta que era ya gran metrópoli, era que Nacho les había enseñado a tocar el Bosanova, cadencia recién importada de Brasil.

Es difícil decir en que espacio de su vida tuvo más lucimiento Ignacio Carrillo Zalce. Como estudiante fue brillante; como músico inspirado y alegre; como marido inolvidable. Tal vez su mejor papel fue el de padre admirable y abuelo incomparable. Suena a mucho elogió, quizá a plagio de conocida canción de Cole Porter. Podría creerse que he caído en la exageración. Créanme así era Nacho: una rara combinación de mente clara y analítica con una bohemia autentica y de corazón.

Esta vida, verdaderamente ejemplar, se extinguió el 23 de Diciembre de 1985. Murió a las diez de la mañana, en lunes. Cumplía un ciclo de vida. Nos habíamos casado un lunes a las diez de la mañana.