Semblanza de don Ponciano Guerrero González

Por Leonardo A. Guerrero Dávila

Nació en San Buenaventura, Coahuila. El 3 de enero de 1900, hijo del Sr. Ponciano Guerrero Estrada, pequeño comerciante, y de la Sra. Guadalupe González de Guerrero. Cursó la Carrera de Abogado en la Universidad Nacional de México y murió en la Ciudad de México el 26 de febrero de 1950.

Desde sus tiempos de estudiante, se incorporó al Círculo Literario del Lic. Manuel Gómez Morin, de quien fue discípulo en la Universidad.

Al finalizar sus estudios, Ponciano Guerrero, junto con otros distinguidos abogados como Godofredo F. Beltrán, Mariano Azuela y otros, colaboraron como pasantes primero y luego como abogados en el propio despacho del Lic. Gómez Morín. Don Ponciano también colaboró con éste último como Consultor en la Secretaria de Hacienda y al lado de él y de otros 15 distinguidos abogados y banqueros de la época como Alejandro Prieto, Alfonso Caso, Roberto Casas Alatriste fundaron la Escuela Bancaria y Comercial, formando parte de la plantilla de maestros de tan reconocida institución en la que impartió la cátedra de Teoría Económica.

La creación de la EBC respondió a las necesidades de reconstrucción de la banca y, en este sentido, este esfuerzo reunió a privilegiadas mentes. Ponciano Guerrero contribuyó a la creación de las leyes de seguridad social en México y en la EBC impartió la cátedra de Teoría económica.

Simultáneamente, junto a un grupo de industriales de la época, Ponciano dedicó su esfuerzo diario para dar forma e iniciar las actividades de la Confederación Nacional de Cámaras Industriales, donde trabajó por muchos años, pero también se dedicó a consolidar la marcha de la Cámara Nacional de la Industria de Transformación, contribuyendo a la creación de las leyes de seguridad social de México. En ambas dependencias ocupó diversos cargos directivos.

Al final de la década de los veinte, Ponciano decide participar en la lucha electoral que buscaba desterrar del país la dictadura del General Calles y se incorpora activamente como Pro Secretario de la Campaña del Lic. José Vasconcelos hacia la Presidencia de la República.

En nombre de todos, si por nuestra propia cuenta, acudimos Ponciano y yo al bufete de Gómez Morin. Con vehemencia le hablamos del poderoso ventarrón que llevaba el nombre de Vasconcelos, de boca en boca, de corazón a corazón, por toda la República, como el del único candidato capaz de unificar los ímpetus de la reforma política y moral que al país urgía. [1]

Entre tanto, Vasconcelos sólo aguardaba a que un grupo de ciudadanos se lo pidiese públicamente, para aceptar su candidatura. Y el tiempo se echaba encima. De modo que Raúl Pous, Germán del Campo, Vicente Mendiola, Federico Heuer, Antonio Helú, Luis White, Carlos Toussaint, Antonio González Mora, Tufic Sayeg, Humberto Gómez Landero y yo, decidimos constituir un grupo –al que pronto se sumaron Don Octavio Medellín Ostos, Rubén Salazar, Ponciano Guerrero, Salvador Azuela, Octavio Bustamante, Ángel Salas, Salvador Aceves y muchos más- y lanzar un manifiesto para proponer al país lo conducente. [2]

Durante la campaña, estuvo varias veces en riesgo su vida, ya que la Comitiva del Lic. Vasconcelos, con frecuencia fue atacada con armas de fuego, seguramente con la intención de desanimar aquella oposición que crecía por todo el país: Germán de Campo, un intelectual, el obrero Alfonso Martínez y el campesino Eulalio Olguín fueron los primeros tres mártires caídos en la campaña de Vasconcelos, a los que siguieron otros más, asesinados o lastimados por órdenes de Plutarco Elías Calles.

Después de las elecciones en las que Vasconcelos fue derrotado, Ponciano Guerrero huye del país llevando consigo el escrito que contenía el Plan de Guaymas, que él mismo ayudó a redactar y que preveía las acciones a seguir para levantarse en armas en caso de fraude electoral. Al llegar a la frontera, Ponciano ya había memorizado el Plan y tuvo que -literalmente- tragarse el documento ante el inminente riesgo de ser descubierto por las autoridades mexicanas.

Ponciano Guerrero emprendió el viaje a El Paso o San Antonio Texas, a esperar coyuntura para colaborar con la revolución. [3]

José Vasconcelos escribe en su libro La Flama (escrito años después de aquella campaña) lo siguiente:

¡Esos muchachos admirables : Ibarra Chaires, Bustillo Oro, Urueta, GUERRERO, Azuela,…. Y tantos y tantos otros! Ojalá mantengan en el terreno por cada quien elegido, la promesa que osados contrajeron: La de padecer el acicate de la conciencia. Ojalá y logren apartarse de la ruta seguida por las generaciones inmediatamente anteriores y que después del bautismo de fuego que recibieron, tengan la fortaleza de recogerse a sí mismos, preparándose para cuando la responsabilidad caiga sobre sus hombros; que no se dejen llevar, como sus mayores, de pragmatismos, a querer participar en la vida social en forma diversa a la que esporádica y brillante tomaron en 1929.

Que sea lección el ejemplo de esas generaciones, salidas de las aulas en épocas de valores inestables en que se pudo creer era posible existir sin la regla de una moral que permeara todas las relaciones, lo que dio por resultado que los unos se hayan convertido, con su talento y preparación técnica en instrumentos de partido, vejados y explotados, otros en rápida carrera falazmente ascendente reblandecieron su fibra escasa con el goce de honores llegados antes de su madurez. Y los mejores, los que por un ideal de adelanto colectivo, pusieron su esfuerzo al servicio de jefes corrompidos, no acertaron a ver, con toda su pureza, que su colaboración en un régimen de desorden y bandidaje, impotente para contrapesar el atropello diario, estaba condenada a trágico fin: contaminarse para convivir o ser descartados abandonando su obra a la deriva. Para construir, sano debe ser el cimiento. [4]

Pasada ya la persecución, Ponciano regresó al país, pero en cada acto de su vida futura, estuvo presente la formación y el consejo de sus padres sobre algo tan sencillo de practicar: la honradez.

Con ese equipaje moral, tan escaso para otros, el pensamiento de Ponciano Guerrero encontró una profunda identificación con el de Gómez Morin y de José Vasconcelos y así, su vida fue siempre honesta y modesta.

Durante varios años ocupó un importante cargo como Tesorero en la Compañía Petrolera “El Aguila” en los tiempos en que todas las operaciones se hacían con monedas de oro. Ponciano orgullosamente contaba que por sus manos habían pasado muchas monedas de oro, pero tenía la satisfacción de no haber tomado una sola.

Fue un hombre de gran cultura y preparación, y dedicó una buena parte de su vida a la lectura, formando una biblioteca de 5500 volúmenes, en diversos idiomas, todos leídos por él, y en todos ellos subrayados en azul y rojo los párrafos que le parecieron más trascendentes. A su muerte, la biblioteca fue adquirida por el Gobierno del Estado de Coahuila.

También gustaba de escribir prosa y poesía, aunque principalmente esta última. Formó parte del grupo de los 11 Poetas de la Nueva Extremadura, y en el libro que con este título escribiera el Prof. Federico Berrueto Ramón, se publicaron algunos de sus poemas como “El Silabario”,” Otro, etc.

Ponciano Guerrero González fue un diamante que se opacó cuando más irradiaciones despedía, era como un maravilloso rosal del que a cada momento brotaban rosas de extraños matices y embriagadores perfumes...y así en plena floración, en la cúspide de la fama se nos fue este admirado poeta sambuenense.

Uno de los más bellos poemas es "Silabario", porque es para nosotros la fiel expresión de su alma soñadora, y rompe los moldes técnicos de la poesía que el cultivó. [5]

Otras obras de importancia fueron “Voces de México”, “La Sencilla Emoción” y “El Corrido de Francisco Villa”, gran parte de ellas con un sabor provinciano que evocan, sin duda, pueblo natal.

Muchos años vivió en la Ciudad de México, pero el recuerdo de su tierra natal nunca se apartó de su mente, y junto con varios paisanos más fundó la Asociación de Sambuenenses en la Ciudad de México, se daba a la tarea de reunir algunos fondos, que enviaban a San Buena para ayudar al equipamiento de las bibliotecas escolares de entonces.

Su carácter fue jovial y lleno de optimismo, en los últimos años de su vida dejó de comprar libros y, se dedicó, entonces, a comprar los discos de su música preferida, pues comenzaba a perder la vista. Él decía que cuando estuviera ciego y, tal vez, no pudiera hacer otra cosa más, se dedicaría a escuchar la música que más le gustaba y que poco tiempo tuvo de escuchar.

Con optimismo también, ingresó por última vez al Hospital haciendo planes para viajar, cuando saliera.

Estuvo casado con la Profra. Irene Dávila Valdés, originaria de Arteaga, Coah., quien lo apoyó con cariño en todos sus planes, quien se jubiló después de 60 años de servicios y de haber recibido de manos del Presidente de la Republica Lic. Miguel de la Madrid la medalla Ignacio M. Altamirano.

No hace mucho tiempo escribí la obra "El Mundo de los Libros", dedicada a San Buenaventura, mi pueblo natal; y también a la esclarecida memoria de cuatro de sus hijos ya desaparecidos. Fue mi intención que las nuevas generaciones sepan que estos personajes representan la cosecha más elevada que ha producido este pueblo en el mundo de la cultura y el espíritu. El señor doctor David Cerna, el profesor Aureliano Esquivel, el licenciado Alberto R. Vela, y el Licenciado Ponciano Guerrero González, este último, escritor, poeta y catedrático de la UNAM, inició la organización de la Confederación de Cámaras Industriales. Los sambuenenses tienen aquí un pasado del que pueden ufanarse, pero al mismo tiempo tienen el compromiso de superarlo". [6]

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  1. Juan Bustillo Oro, Vientos de Los Veinte, México, Secretaría de Educación Pública, 1973. 

  2. Íbidem.

  3. José Vasconcelos, La flama, México, 1959. 

  4. Íbidem.

  5. Manuel Neira Barragán, San Buena. Estampas de mi tierra.

  6. Ramón Garza de la Rosa, Autobiografía.