Revolución Mexicana

Por Teresa Cecilia Sandoval Macías

Como todos sabemos el centenario de la lucha revolucionaria ha abierto una invitación a leer los sucesos históricos desde numerosas posibilidades que recurren a diferentes líneas de pensamiento e investigación, que intentan acercarse al pasado y crear, a partir de diversos sujetos, nuevas interpretaciones del pasado. En esta escritura de la historia caben múltiples posturas y comprensiones ante un mismo hecho, donde coexisten lecturas que pueden ser incluso antagónicas y que invocan contextos y lugares sociales.

En esta propuesta interesa también la historia de las percepciones sociales, en un acercamiento a la sociedad que crea sus propias representaciones y comprensión de los hechos. Así, los conceptos se vuelven dinámicos y con diferentes significados.

La historia de los intelectuales se vincula a esta historia cultural y social para ofreces una interpretación diferente. Sobre la coyuntura revolucionaria, podemos acercarnos a su relato histórico desde el discurso que se crea en la primera mitad del siglo xx en México, así como el análisis de la vigencia que ha conservado en nuestro país la problemática de la educación y el debate gestado alrededor del idealismo con que fueron puestas en práctica tras la lucha armada.

Se conoce que los gobiernos obregonista y callistas se pronunciaron a favor de proyectos sociales, entre los cuáles destacaba el sector educativo que fue notoriamente impulsado a manos de pensadores como José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública. Su proyecto representaba un titánico reto para “educar” a la población mexicana, consideraba mejores salarios para los maestros, la construcción de escuelas, apertura de bibliotecas y la publicación de periódicos y libros con la firme intención de erradicar el analfabetismo y homogeneizar la nación a partir de la escuela. Con una pasión inusitada inició el proyecto infundiéndole su forma de pensamiento y su acento místico.

El México posrevolucionario, donde nace la EBC, se encontraba inmerso en un mundo en el que el fenómeno de la institucionalización cobraba fuerza en la sociedad y en los círculos intelectuales día con día. Esta situación provocó notables disidencias ideológicas que eran incluidas metafóricamente en innúmeras obras de arte: poesía, literatura, música, cine, danza, pintura y, naturalmente los gigantescos lienzos trabajados por los muralistas. Las pugnas entre pensadores y artistas se agudizaban conforme se sucedían los gobiernos revolucionarios y se redefinían los objetivos revolucionarios.

Llama la atención la paradoja que presenta el escenario posrevolucionario, ya que como parte esencial de su claroscuro social destaca la antinomia entre un tremendo estancamiento y una nutrida producción cultural.

En este clima, se desata una encarnizada lucha entre los grupos de intelectuales que ansían controlar el poder cultural de los gobiernos revolucionarios, quienes, a pesar de enfrentarse comparten múltiples objetivos como derribar la ideología del porfiriato. Persiguen ofrecer soluciones a los problemas sociales relevantes y ordenar el caos dejado tras la lucha armada; así la dimensión de cultura cobra una fuerte relevancia durante la primera mitad del siglo XX mexicano.

Desde los años veinte se distinguen dos corrientes culturales antagónicas: el grupo reunido bajo la égida de los muralistas, quienes colocaban a la Revolución en el centro del pasado y el futuro del país, ponderando un discurso cifrado en el nacionalismo revolucionario que emana de la Constitución . Su postura es radical, se consideran socialistas y consideran a Diego Rivera como máximo exponente. El segundo, la corriente intelectual creada por José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública, con una visión vitalista como él y que arremete contra el positivismo; éste grupo reúne a los intelectuales del Ateneo y posteriormente, a los Contemporáneos, critican el nacionalismo y apoyan la educación como única acción capaz de construir una verdadera nación.

La década siguiente, la contienda ideológica se intensifica. Los muralistas colocan el arte al servicio de la Revolución y gestan un impresionante movimiento cultural en México. Los contemporáneos por su parte, con un estilo más refinado hacen lo propio. Ambos bandos atacando al oponente y creando movimientos artísticos e importantes obras en las diferentes expresiones plásticas e intelectuales.

Y es a finales de ésta que el 10 de marzo de 1929 nace, en el Banco de México –creado en 1925, bajo los ideales de reconstrucción del país, la Escuela Bancaria y Comercial. Desde sus inicios, en la Biblioteca del Banco, el objetivo fue satisfacer la necesidad de capacitar a sus empleados en el manejo de la banca central, al tiempo que impartir educación y contribuir con México.

Alejandro Prieto, profesor de la primera generación escribe en sus memorias: Había que reestructurar el sistema bancario mexicano; pero faltaba el elemento humano, faltaban mexicanos que supieran la función esencial de la banca y fueran capaces de manejarla…

La Escuela Bancaria nació durante la dirección de Alberto Mascareñas, bajo el ideario de Manuel Gómez Morin como parte del claroscuro que vivía el país, entre la reconstrucción política y económica en ciernes y la nutrida producción cultural. La dirección académica quedó a cargo del intelectual y diplomático Agustín Loera y Chávez, quien compartía, en muchos sentidos su visión transformadora de la cultura y la educación, como tantos otros constructores de este México moderno.

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  1. Argumento que será duramente atacado por el grupo de los contemporáneos y concretamente por Jorge Cuesta en artículos como La nacionalidad mexicana y El escritor revolucionario publicados en El Universal el 5 de febrero de 1935 y el 27 de mayo de 1935, o La tradición del nuevo régimen el 10 de agosto de 1936 en El Nacional
  2. Alejandro Prieto, La escuela y yo, inédito, p. 2