¿A qué saben las letras?

Por Juan Carlos López Gaviño

–¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo! –
–¡No puede ser pobre Augusto – le dije, cogiéndole de una mano y levantándole

– , no puede ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no puedes vivir más.

No sé qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué hacer de nosotros, nos mata­–

Miguel de Unamuno a su personaje Augusto en Niebla

Desde pequeños se nos ha enseñado que lo escrito, escrito está y no lo podemos cambiar. Y es que desde que el hombre tiene historia sabe escribir. Sin embargo, el hombre antes de poder escribir pudo hacer algo mucho más complejo: comunicarse. Estas dos cualidades de nuestra raza, son las principales características de nuestro lenguaje; el lenguaje, como lo describe Giovanni Sartori, no es sólo un instrumento del comunicar sino también del pensar.

Entonces, retomando, para que lo humano pueda ser algo ‘pensado’ y para que las personas puedan hacer ‘todo lo que hacen’, se tienen que usar: LETRAS; primero para representar sus sonidos, luego para plasmarlas, después para transmitirlas, enseguida para comunicarse, inmediatamente para hablar, entendiéndolas para escribir, leer, aprender, expresar, cambiar, sentir… Sin contar además tantos otros símbolos que por el simple hecho de no representar nada no merecen la calidad de ser una letra.

Hace apenas quinientos años, el hábito de leer o simplemente de tener algo que se pudiera leer era un privilegio, doscientos años después, el hábito de escribir o simplemente de tener dónde escribir era una hazaña. Tan sólo cien años después, el deseo de tener una publicación y no sólo leer o escribir sino escribir y ser leído por los demás ya no resultaba un sueño imposible de alcanzar. Hoy, ser leído es cosa de todos los días, de todas las horas, incluso de cada segundo. Los medios han cambiado, sin duda alguna, pero el salto más grande que la humanidad haya dado con respecto a las letras ha sido, precisamente, el haberlas transformado en luz.

Una letra en un libro, en un periódico, en una revista o en cualquier otro medio impreso, sabe a papel. Una letra en un mural de José Clemente Orozco, sabe a pintura. Inclusive se puede concebir la idea de que una letra en la televisión, sabe a luz. Esto significa que el hacer llegar las letras a donde tienen que llegar implica casi un trabajo de mezcla de sabores para que el mensaje represente lo que en realidad debe transmitir, para que las letras se conviertan en una realidad.

La comunicación ha cambiado, vivimos en un ambiente amante de las imágenes, en donde podemos encontrar mensajes cada vez más profundos que pretenden asemejarse lo más posible a la realidad; no obstante las letras siguen complementando toda la información que llega a nuestros ojos y oídos, seguimos encontrando letras hasta en la sopa. Es precisamente por lo anterior que podemos analizar el cambio que han tenido las formas en la que las letras llegan a nosotros con los sabores, pero a manera de no confundir demasiado al lector con el título cabe recalcar que de lo que se trata este artículo es de los medios de comunicación.

Comenzamos: Las letras tuvieron sabor a papel demasiado tiempo y hubo mucha gente que sólo conoció ese sabor, desgraciadamente aún son pocas las generaciones que disfrutan con los nuevos sabores. Aún hay mucha gente que disfruta yendo a comprar libros a un gran lugar lleno de libreros, pero cada vez más individuos prefieren, sin salir de su casa, comprarlos y leerlos vía electrónica. En un extremo se tiene a los que se arraigan al papel y en el otro los que se no lo consideran necesario.

Lo que es invariablemente necesario es saber que hubo un tiempo A.C. (antes de la computadora) en la que hacer un libro, imprimir un periódico o editar una revista fue un gran trabajo para un montón de personas. Hubo tantos roles en el boom de la información que se creía a diario que nada podía ser más vanguardista que trabajar en la creación de letras: ser corresponsal, reportero, redactor, editor, diseñador, corrector de estilo, traductor, dramaturgo, guionista; estas profesiones sacudían ciudades con cada letra. Hubo un rol más importante aún, el tipógrafo; el que elegía qué letra seguía de otra, el que precisamente combinaba el sabor a tinta con el sabor a papel para hacer nacer el sabor a letra; oficios como éste tienden a desaparecer conforme se prefieren los nuevos sabores.

A mediados del siglo XX para escribir un libro había que escribir en una máquina de cintas entintadas y palanquitas letradas en hojas de papel, para después llevar todas las hojas a una casa editorial, en la cual, después de haberlo pasado por proceso de edición y una corrección de estilo podían determinar si el libro podía imprimirse, después, en conjunto con la imprenta, se decidían cuántos y por último se empastaban y llevaban a las grandes librerías y bibliotecas en donde finalmente se vendía. El proceso era ineludible.

Hay un ‘dicho que dice’ que la mitad de los libros que son escritos son editados, la mitad de los editados son impresos, la mitad de los impresos son vendidos, la mitad de los vendidos son leídos y la mitad de los leídos son entendidos. Es un dicho muy triste.

Para el caso de las revistas y periódicos, en donde había más gente involucrada, el proceso era casi el mismo sólo que los escritores eran muchos se dedicaban exclusivamente a eso, por ende, tenían más posibilidades de ser leídos, de generar información. Las revistas fueron cambiando, las columnas en los periódicos fueron desapareciendo, todo esto para darle paso a la imagen, el complemento perfecto de las letras; ya con colores, algunas con secuencias, juegos y hasta publicidad. El recurso impreso fue dependiendo cada vez más de la publicidad hasta depender prácticamente de ella; el papel se vendía mucho y consecuentemente lo que se anunciaba en el papel se vendía más.

Llegaron los periódicos con grandes fotografías en primeras planas, los cuentos infantiles con pocas letras y muchos ‘dibujitos’ y las revistas llenas de fotografías en donde se expresaba arte, moda y hasta programas de televisión. A pesar de que la ruptura informática de la radio y televisión habían producido un gran cambio a las comunicaciones inmediatas, el sabor a papel siguió en escuelas y oficinas; lo cual significaba que lo verdaderamente valioso seguía siendo escrito, en tiempos A.C. ¡Que bonitos aquellos tiempos!

Con las primeras computadoras se creyó, por un pequeño periodo de tiempo, que los programas computarizados hacían todo solos; los procesadores de texto eran algo indispensable y ya no había que corregir ortografía, ya no había que corregir estilo, ya no había que llevar a la imprenta; pero el periodo acabó muy pronto. Los tiempos D.C. en realidad llegaron, no con el invento de la computadora, sino con su disponibilidad, y algunos estudiosos dicen que ni con la disponibilidad sino con el internet y todos, en verdad, creemos que estos tiempos llegaron con la disponibilidad de una computadora con acceso a internet.

Hoy, casi cualquiera puede leer lo que casi cualquiera escribió, y esto no es sólo mérito de los grandes programas de educación pública, sino de la tecnología a la que todas las personas, civiles pertenecientes a una sociedad modernizada, tienen acceso. Además el porcentaje de información escrita, leída y entendida ha subido considerablemente. Hoy existen revistas electrónicas, periódicos digitales y libros en línea además, sin contar que se puede ver televisión y escuchar la radio en una computadora, podemos incluir en la comunicación lingüística a las redes sociales y portales que han vuelto a la red una bola inmensa de información que se transmite casi por sí sola.

Las realidad es que las letras son la historia del hombre y su lenguaje la comunicación del mismo; lo cierto es que con el sabor que tengan al paso de los años, lo que está escrito puede no quedar escrito por siempre y los cambios que se generan en los medios de comunicación simbolizarán nuevos retos para los que utilizan las letras, después de todo hemos llegado a la época en el que su sabor se lo damos todos.