Pensar diferente, consumir diferente

Por Paulina Garza Gordoa

¿Cuántas veces hemos adquirido productos cuyos materiales no son reciclables? ¿Cuántas veces hemos visto a un amigo regatear el precio de productos hechos por artesanos? ¿Cuántas veces hemos limpiado nuestro automóvil con el chorro de agua? ¿Cuántas veces hemos comprado un producto sin importarnos su ciclo de vida ni la situación social y económica de quienes participan en su producción?

Parece que aún no hemos pasado por un proceso profundo de conciencia sobre las consecuencias que conlleva nuestro modo de consumo. ¡Estamos malgastando y agotando los recursos de la Tierra de forma desmesurada! Es momento de reflexionar.

Son múltiples y variadas las definiciones de “consumo responsable” o “consumo sostenible”. Clasifiquémoslas, como lo hacen muchos autores, en tres grandes rubros, para su mayor entendimiento:

  • Consumo ético (cuando los valores entran en juego para tomar una decisión de consumo) 
  • Consumo solidario (enfocado a velar por las relaciones sociales y las condiciones laborales de quienes participan en la producción) 
  • Consumo ecológico (reciclar, reutilizar y reducir, para el cuidado y la preservación del medioambiente)

¿Cómo integrar estos tres criterios en nuestras prácticas de consumo? Hay una técnica muy conocida (la usamos al buscar calidad y buen precio): la de exigir a toda costa información. La libertad de elegir debe ser siempre acompañada por el derecho a la información. Si nos empeñamos en conocer lo que consumimos, sabremos entonces cómo contribuir al éxito y el fortalecimiento de aquellas empresas que ya han integrado los tres elementos (ética, solidaridad y ecología) en su cadena de valor.

Ser consumidor crítico y responsable no es una moda, es una obligación. Todos estamos obligados a informarnos sobre las condiciones en las que ha sido elaborado el producto que estamos comprando, estamos obligados a saber si la compañía que lo produce respeta tanto el medioambiente como la dignidad de sus trabajadores.

En su artículo Creating Shared Value, publicado por Harvard Business Review-, Michael E. Porter y Mark R. Kramer señalan que “se sigue considerando la creación de valor de manera estrecha, optimizando el desarrollo financiero a corto plazo en una burbuja y dejando de lado las necesidades más importantes de los clientes e ignorando las influencias que determinan el éxito a largo plazo. Si no, ¿por qué las compañías pasarían por alto el bienestar de sus clientes, el agotamiento de los recursos naturales que ellas necesitan, la viabilidad de proveedores claves o las dificultades económicas de la comunidad en la cual producen y venden? ¿Por qué pensarían que mudar sus actividades a locaciones con salarios aún más bajos es una solución sustentable para los desafíos competitivos?”

¿Qué proponemos al productor, aquel que otorga un producto o un servicio? Que supere la época del producto desechable y aumente la vida de sus productos, mediante estrategias a largo plazo, que sus diseños minimicen el uso de recursos; que opten por un modelo de bienestar y de felicidad que no esté basado en la acumulación de bienes materiales sino en la generación de experiencias satisfactorias y permanentes, aquellas que fomenten la coherencia y la recuperación de algunos valores, como la honestidad y el respeto. La incentivación de esta actitud de consumo, sumada a una innovación con enfoque sustentable, facilitarán la toma de decisiones de consumo acertadas.

¿Qué proponemos al consumidor? Premiar con su preferencia a aquellas marcas verdaderamente preocupadas en reducir constantemente su huella ecológica, a aquellas marcas verdaderamente interesadas en satisfacer nuestras necesidades, incluso las que tienen que ver con la solidaridad comunitaria.

El sistema económico actual se fundamenta en el crecimiento del consumo, por lo que la gran responsabilidad para fomentar cualquier cambio recae en el consumidor.

¿Cómo consumir responsablemente? Empecemos por identificar los recursos que utilizamos diariamente, así como los insumos que se necesitan para la generación de todo lo que compramos.

Existen diversos ejemplos en el mundo de iniciativas para fomentar y ejercer el consumo sostenible. Encontramos, a propósito, páginas web que difunden productos verdes, campañas de concientización donde las empresas piden a los clientes acciones que la misma empresa ya ha adoptado, políticas públicas enfocadas al tema, asociaciones, guías de consumo, empresas que ya tienen una estrategia para reducir el impacto de su producto tomando en cuenta todo el ciclo de vida y su re-uso, movimientos trasnacionales como lo es el Día sin Compras celebrado en 65 países de manera simultánea, nuevas formas de consumir alimentos con preferencia por la compra orgánica; hogares verdes, movimientos artísticos que fomentan la reflexión y concientización e incluso incentivos por parte del gobierno para fomentar buenas prácticas, como aquella que se da en México: al utilizar y mantener azoteas verdes, el propietario de un bien inmueble obtiene descuento en el predial.

La solución está en nuestras acciones diarias, en nuestros planteamientos a futuro, en adoptar nuevos hábitos de consumo y darnos cuenta, tanto consumidores como productores, que los cambios ya están sucediendo, saber que podemos ser parte de ellos y sumarnos para generar bienestar social.