Lo que no se dijo

Por Agustín Aguilar Tagle

Patología del tiempo

No sé a qué se deba, pero algunos vivimos los días con la conciencia del valor histórico que hay en todo presente. Nos levantamos temprano, no tanto para establecer un régimen de salud orgánica ni para instituir en nuestra agenda edificantes disciplinas laborales, sino por la angustiante sensación de estar perdiendo el tiempo de manera irremediable.

Algunos, incluso, nos acostamos tarde por el mismo motivo: vivimos con el temor de no ser testigos de un hecho histórico. Siempre somos los últimos en salir de las fiestas, porque aún esperamos ver si, ya en confianza, la prima Natalia, virgen a medias y borracha entera, se levanta la falda y nos muestra sus piernas gloriosas.

Imaginemos a un legionario de Julio César que se haya quedado profundamente dormido precisamente la noche del 10 de enero del año 49 antes de Cristo. Cuando despierta, se encuentra solo, con su caballo como única compañía, babeándole el rostro mientras se despereza.

Ese legionario habrá llorado toda su vida el no haber estado donde debió haber estado: en el hecho histórico. El momento en que Julio César cruza el Rubicón.

Ajonjolíes de todos los moles, quienes otorgamos gran importancia al principio de causalidad, vivimos con el ansia de saber qué sucede, y con la predisposición a mirar el mundo como crononautas.

Parece que no estamos dentro de los hechos, sino a un lado, observándolos y registrando en nuestra memoria aquello que pueda volverse tesoro en el futuro. Miramos y escuchamos a los amigos y a la familia en dos niveles, ambos igualmente necesarios: el que suponemos que es y el que decidimos que sea, el personaje biológico y el personaje histórico. A veces, incluso, paradoja de paradojas, perdemos el gozo puro del instante por estar inmersos en el gozo histórico del instante. Hoy, creo, estamos en una situación de esta naturaleza. Tal vez dentro de 85 años alguien, un estudiante seguramente, querrá saber quiénes fuimos nosotros y acaso encuentre en nuestra reunión la clave de la felicidad: el sabernos parte de la historia. Aunque, y ya con ganas de confundir, debo parafrasear lo que Octavio Paz afirmó en alguna parte (creo que en Los hijos del limo): Aquel que se sabe parte de la historia, está irremediablemente fuera de ella.