En la casa de las musas

Por Agustín Aguilar Tagle
Luzilencio 1 | Foto de Agustín Aguilar Tagle | 2012
Luzilencio 2 | Foto de Agustín Aguilar Tagle | 2012
Luzilencio 3 | Foto de Agustín Aguilar Tagle | 2012
Luzilencio 4 | Foto de Agustín Aguilar Tagle | 2012
Luzilencio 5 | Foto de Agustín Aguilar Tagle | 2012

Vuelvo sobre mis pasos, y no sé qué busco al hacerlo. Las palabras me asaltan en parejas, como deseosas de explicar el viaje: confesión y exhibicionismo, nostalgias y curiosidades, vergüenza y orgullo, pasiones y repulsiones.

Las palabras, únicas criaturas capaces de regresar el tiempo, de hundirse en él, de visitar sus orillas y sus acantilados, de devolverlo íntegro y en esencia, de tocar su médula. Pero son tan difíciles de atrapar, las palabras. Bien miradas, ellas son la causa del viaje y el viaje mismo. Y al final de la travesía, las palabras.

Donde no hay palabras no hay pensamiento, donde no hay palabras no hay memoria, no hay más que ese delgado hilo que nunca hemos visto, que no conocemos, ese instante milimétrico que llamamos presente. Donde no hay palabras, no hay atrás ni adelante. En resumen, donde no hay palabras no hay dolor, porque no hay mito; pero, ¡ay, infeliz!, donde no hay palabras no estoy yo, sólo el silencio.

El silencio me niega, muero en el silencio.

A veces, sin embargo, la muerte es necesaria para vivir un poco, para tocar el mundo: no sus signos sino el mundo, no su piel sino el mundo, no sus sombras, no sus reflejos: el mundo. Tocarlo sólo y mirarlo desde la más placentera, indolente y vegetal de las oligofrenias. Tocar el mundo sin descifrarlo, como un niño que bebe la leche de un monumental y estupefaciente seno cósmico. ¿En dónde? En la idiocia del amor, en el estupor místico de la fe y en la contemplación catatónica de la belleza. Buscar la realidad a través del desapego, develar el instante, atrapar el presente, dejarlo ser, limpiarlo de señales e impedir que pasado y futuro lo devoren, con la tanta hambre que tienen de significados.

Al igual que no podemos en absoluto representarnos objetos espaciales fuera del espacio, ni temporales fuera del tiempo, tampoco podemos representarnos objeto alguno fuera de la posibilidad de su conexión con otros.

Si puedo representarme el objeto en la trama del estado de cosas, no puedo representármelo fuera de la posibilidad de esa trama.

El pasado, por ejemplo. 

El pasado es una serie de pueblos hechos de palabras.

También puedo pensarlo como una voz en el desierto: algo, como un delgado velo que deambula por ahí, en espera del recuerdo.

Y el recuerdo, como el deseo, es un tranvía sin horario. De pronto, el tranvía aparece (caprichoso y destartalado) en el yermo escenario de lo que ya se fue, donde sólo queda desolación, mudez, ausencia. Entonces, un pedazo de ayer, una ilusión, logra subir y viajar a este preciso instante, que, si te fijas, ya no es más que otro jardín de metáforas. 

Aquí, la historia es un espejo y también una fuente, cuyo surtidor (si sopla el viento) moja un poco la vida y nos alivia de esta seca angustia que es no conocer el sentido de las cosas. 

Hacemos museos para observar los días y mirarnos en ellos, a sabiendas de que, luego, segundo a segundo, se integrarán al paisaje que brota constante a nuestras espaldas. Somos los que nos recuerdan, y sabemos que mañana contemplaremos con ternura y con extrañeza a los que hoy nos creemos eternos. 

Quedarán a salvo las palabras.