Emelia Gómez Ortega

Contadora Pública

Generación 1956-1960

Emelia Gómez Ortega compartió los recuerdos de sus años como estudiante de la EBC guardados con cariño en su excelente memoria. Comenzó narrando que conoció la institución por recomendación de uno de los amigos de su padre quien le explicó que era una de las escuelas más serias y prestigiosas que había en la Ciudad de México. [1]

“En la EBC pasé unos años increíblemente felices.”

Cuando le preguntamos por el profesor que más le había aportado, inmediatamente respondió que todos lo habían hecho pero que recordaba con especial cariño las cátedras del profesor José Trinidad, quien daba Sociología, ya que eran muy amenas y muy interesantes por referirse al estudio de la humanidad a nivel global, situación que era un estímulo para investigar más. Mencionó al profesor Baranda, quien enseñaba Historia económica de México y comentó que era frecuente que nadie quisiera salir del salón aun cuando ya había sonado la chicharra y la clase había concluido, todos querían seguir escuchándolo. Finalmente, platicó del maestro Héctor Delfín Zerman, quien impartía Cálculos financieros y era un hombre que dominaba la materia y podía transmitirla con todo detalle. Emelia nos explicó que para ella un buen maestro debía lograr eso, dominar su materia, transmitir su conocimiento y conseguir que el alumno se interese en ella para adentrarse y también llegar a dominarla.

Doña Emelia recuerda a todos sus compañeros y, a pesar de que algunos nombres se le escapan, nos dijo que sus amigas preferidas eran la señora Cruz Villalobos Orozco y la señora María Teresa Rosas Robles, a quienes se refirió como sus “dos amigas queridísimas”. Sobre la vida cotidiana estudiantil en la EBC nos comentó que existía un ambiente de respeto, de cordialidad y de fraternidad que era ejemplar. “Todos mis compañeros eran muy queridos para mí y lo siguen siendo, mi cariño para ellos es imborrable y nos vemos frecuentemente, sobre todo las mujeres, en unos desayunos tradicionales que efectuamos cada tres meses desde hace unos veinte años."

Y justo en ese momento, al hablar de amistades en la escuela y compañeros, Emelia compartió unos versos que escribió para ellos:

“A mis compañeros de la Escuela Bancaria y Comercial:

Era un mar de corazones / era un mundo de ilusiones / eran rostros juveniles / de adolescentes gentiles.

Eran lozanos los cuerpos / fuertes y bellos y frescos / esperando en las mañanas / el sonar de las chicharras / para entrar entre el tropel / al enorme cofre aquel.

Cofre de acero y concreto / que encerraba mil tesoros / bellas caras de muñecas / y gallardos buenos mozos / mentes sanas con un reto / al intelecto despierto.

Y la ascensión empezaba / a escaleras con descansos / donde serio se encontraba / el licenciado Alaniz / observando todo el paso /de la juventud feliz.

El recorrer los pasillos / buscando el aula indicada / con la ilusión de llegar a ese encuentro / esa emoción / latía más el corazón / al saber que había un lugar /una banca te esperaba / donde solo nunca estabas.

Y ya todos congregados / esperando el zumbido de una chicharra sonar / que era el sonido anhelado / para empezar el llamado / del estudio el despertar.

Se hacía un nervioso silencio / cuando decía el maestro anunciaba que tenías que responder / a aquello que preguntaba / pues la lista señalaba que a ti era a quien tocaba.

¡Cuántos y cuántos momentos transcurrían en el plantel! / lleno de amor, de amistad, de afecto filial y fiel / millones y más millones se hacían cuentas / en ese recinto austero / y a pesar de aprender qué era la depreciación / era de hacerse la mención / que existía la plusvalía / en afectos cada día.

Esos momentos de asueto / que la jornada nos daba / eran la hora soñada / cuando se podía por fin / bajar un rato a la calle / donde esperaba un festín / de viandas al por mayor a cual más y cual mejor.

Un respetuoso recuerdo cabe aquí al mencionar / a una dama fina y dulce que sin escatimar / y a través de su hija Tere / muy gentil nos obsequiaba / productos que la mar y los océanos producían.

Y las tardes de regreso a aquel plantel de ventanas / donde el tiempo transcurría entre entradas y salidas / entre cuadernos de notas / con quizás esperanzas rotas.

Entre cuentas, entre risas / ya contándonos las cuitas / deshojando margaritas / desde donde se vivían temores, temblores, ángeles caídos de su pedestal / que ahora al recordad parece lejano y entrañable / todo un gusto inolvidable.

Y en algunos diez minutos / asomarse en las ventanas / ver transeúntes, palomas, coches y camiones / juntos, prados, y otoños dorados / contemplar la Reforma / y un pupitre que esperaba / con un estado proforma.

Y entre la concurrencia que los pasillos colmaba / esa juventud dorada / era fácil distinguir personal de vigilancia / que quizá no estén tan viejos / a bigotes y a pellejos.

El veintidós, quince, el once / números que dicen algo / que la memoria registra / muchos acontecimientos / reseñas en un formato / hacía un periodista nato / que tenía gran validez / de nombre Rubén Valdez.

La nostalgia está presente / cuando siempre se recuerda a compañeros ausentes / que vivieron con nosotros / cuya presencia imborrable nos llega a lo más profundo / aunque estén en otro mundo.

No debemos olvidar que una escuela tan querida / tuvo su origen por alguien / quien a la juventud quería / dar del saber las llaves / don Agustín Loera y Chávez / y los libros tan completos de don Alejandro Prieto / llenos de conocimientos de la profesión cimientos.

Llegaban a transmitir todos sus conocimientos / Mariscal, Lanz y Morfín / Millán, Palmares, Baranda y tantos otros maestros de la palabra. Todos ellos con su esfuerzo / tratando de no fallar / en su misión de enseñar.

Son parte de nuestro ser / esas vivencias queridas / de minutos idos ya / que por fortuna regresan / de alegrías, también de penas / de bailes y excursiones / de tareas y canciones / de exámenes y ecuaciones / de balances y romances.

Dios quiera que del presente al pasado / no nos quiten lo bailado."

Doña Emelia nos comentó que escribió este texto hace años tras tomar un curso de didáctica general y uno de literatura, de narrativa oral escénica en la UNAM. También nos dijo que lo leyó en uno de los desayunos con sus compañeros y que les gustó mucho porque les recordaban detalles de las vivencias que habían compartido en la Escuela, como ver el Ángel de la independencia caído tras el terremoto de 1957.

Le preguntamos a Emelia por lo que ella quería hacer al terminar su carrera y nos comentó que a pesar de que ella pensaba poner un despacho contable o trabajar en uno, la vida la llevó por un camino diferente. Colaboró en el IMSS en el departamento de auditoría y en la SHCP en la dirección general de fiscalización, donde tuvo la oportunidad de especializar sus conocimientos contables.

Actualmente, Emelia trabaja en un programa del INAPAM que ayuda a personas de la tercera edad a completar su educación. La entrevista finalizó con las palabras de orgullo de doña Emilia por formar parte de la comunidad EBC: “Aquí se aprenden muchas cosas, sobre todo la disciplina, que es un factor indispensable para poder desarrollar cualquier actividad, y la noción de la responsabilidad, además de las actividades académicas.”

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[1]

La entrevista a doña Emilia Gómez Ortega fue realizada por Izkalotzin González Flores en 2005 como parte del proyecto de historia oral del AHEBC.