El Triángulo Analógico

Por Agustín Aguilar Tagle

Quinta entrega

Al emparentar al amor, a la fe religiosa y al arte, es decir, al considerarlos expresiones de una misma aspiración humana, no es por simple capricho o atropello del lenguaje, ni por esa frívola inclinación a la alegoría, costumbre arbitraria que se ha vuelto vocación de muchos (la cometí en la entrega anterior, al describir la angustia de Alicia Lidell; pero mis fines fueron puramente dramáticos). Sucede que indagar sobre la singularidad de cada una de tales experiencias para divorciarlas entre sí, conduce al fracaso: son más las convergencias que los desencuentros entre aquellos que visitan los tálamos, los santuarios y los signos (y estos tres términos, junto con otros, tienden a la sinonimia). El juego de la paráfrasis me ha servido –yo digo que muy bien- para comprobar tan conmovedora afinidad. Por eso y sin temor a la redundancia, repetiré el ejercicio.

Leo un fragmento Valéry, ya que lo tengo a la mano, y observo que la palabra belleza puede ser relevada por amor o por dios, sin que entonces se pierda el sentido, tal vez ni siquiera la esencia de lo dicho por el poeta francés: La belleza es una cuestión privada; la impresión de reconocerla y sentirla en tal instante es un accidente más o menos frecuente en una existencia, como sucede con el dolor y con la voluptuosidad; pero más casual todavía. Nunca es seguro que determinado objeto nos seduzca; ni que, habiendo gustado –o disgustado- en determinada ocasión, nos agrade –o desagrade- en tal otra. Esta incertidumbre que frustra los cálculos y todos los cuidados (…) hace participar el destino de los escritores de caprichos, pasiones o variaciones de cada persona. Si alguien gusta verdaderamente de tal poema, se le conoce en que habla de él como un afecto personal, si es que habla de él. He conocido hombres celosos de lo que perdidamente admiran, que les era difícil soportar que otros tuviesen el mismo amor e incluso que lo conocieran, considerando que el compartirlo echaba a perder su amor.

Triángulo Analógico, así lo llamaré. En él encuentro los ámbitos más caros del ser humano, los motivos de cualquier acción que el hombre emprende para trascender su finitud (el juicio moral sobre tal propensión -el trascendentalismo- no me corresponde, aunque me atrevo a calificarlo como la más conmovedora de las vanidades). Y reparo, a propósito, en que uno de sus lados lo es también de otro triángulo: el formado por nacimiento, amor y muerte, cuyas coincidencias se fundan en peculiaridades tales como el dolor, la horizontalidad, el tránsito a otra dimensión, a veces el escándalo público (fiesta de natalicio, regocijo nupcial, velorio funerario). Es ésta una figura patética, pues en ella experimentamos nuestro vasallaje biológico, en ella se comprueba la permanente fatalidad de ser perecederos y frágiles organismos. Para distinguirla de la primera, la nombraré Triángulo Simpático. Y ahora, así, aparece un asombroso paralelogramo, recipiente de todo; nada de lo humano parece serle ajeno.

Hay, sin embargo, cierta diferencia entre ambos polígonos.

A pesar de sus implicaciones antropológicas, el segundo es territorio de la naturaleza. El primero, en cambio, se realiza tras el aprendizaje, la iniciación o la revelación, es decir, es distrito de lo meramente humano. Porque en el caso del triángulo analógico estoy hablando, sobra decirlo, de lenguaje, puro lenguaje: su gracia es la de no haber nacido ni en el cielo ni en la Tierra, sino en la imaginación de los hombres, que de ella es su linaje. Por eso, porque es el triángulo de los artificios y de los sueños –jardín de los ingenios-, afirmo que se trata de un mecanismo transgresor de la realidad, cuyo movimiento –su proceso de cristalización- se da en los circuitos del mito.

Continuará...