El Triángulo Analógico

Por Agustín Aguilar Tagle

Cuarta entrega

Lisio Visconti, disfraz de Herni Beyle, el conocido Stendhal, anota en su diario que “la música, cuando es perfecta, pone el corazón exactamente en el mismo estado en que se encuentra cuando goza de la presencia del ser amado; es decir, que procura el deleite más vivo, al parecer, que existe en la tierra”, mientras que Valery admite que “la esencia de la poesía (es), según las diversas naturalezas de los espíritus, o de valor nulo o de importancia infinita, lo que la asimila a Dios mismo”.

Y estos arrobamientos, a fin de cuentas, resultan circunstanciales, transitorios, tanto que ni ayer se pudieron sospechar ni mañana conseguirán su traducción a otro lenguaje. El Cielo, el amor y la belleza son instantes de iluminación asequibles sólo durante la confluencia de ciertos elementos, muchos de ellos azarosos, otros producto de una educación sentimental específica, algunos más causados por el deseo voluntarioso de consentir los riesgos de otra vida, la dimensión única de la intensidad a la que se refiere Ulalume González de León cuando nos invita a leer los nonsense de Lewis Carroll, al principio de El riesgo del placer. Lapsos insólitos –y para más de una persona inauditos- que son indescifrables fuera de sí mismos. Los comentarios que de ellos puedan hacerse sólo serán balbuceos que no los penetren, que sólo toquen sus fronteras.

Alguna vez, sobre el Sinaí, “hubo truenos y relámpagos, y una densa nube (…) y un muy fuerte sonido de trompetas”, y el pueblo de Israel, desde las faldas de la montaña, entendió que Moisés contemplaba a Yahvé y escuchaba su voz; pero lo que vio y oyó el yerno de Jetro es inefable, absolutamente ajeno a los códigos conocidos. De modo semejante, Pablo, el sagrado vaso de elección, como lo llama la jerónima Juana en su Carta a sor Filotea, fue en cierto momento arrebatado al tercer cielo, donde “audivit arcana verba, quae non licet homini loqui”, oyó palabras secretas que al hombre no le es lícito decir.

¿Y no causa idéntica iluminación una magdalena mojada en té?

Sí, porque la firme determinación de contar el viaje asombroso (toda luz dibuja sombras) termina por convertirse en accidente poético. Un suceso amoroso, por ejemplo.

Los poemas de Yehudá Ha-Leví, próximos al sensualismo arábigo español, parecen dictados por una memoria libidinosa, es decir, por una experiencia real, palpable. Sin embargo, los versos del toledano tienen vida propia:

He aquí que me doy en prenda para una gacela

que durante la noche

me acompañó con la música de arpas y flautas

acordadas,

la cual, viendo en mi mano preparada la copa,

me dijo: bebe entre mis labios sangre como uvas.

Entre tanto, la luna se mostraba

como una tilde en yod, escrita sobre la túnica de la aurora,

con tinta de oro.

Otra vez Valery: “La transmisión de un estado poético que compromete a todo el ser sensible es cosa distinta de la transmisión de una idea”. Y en cuanto al poema transcrito: reminiscencia, sí, pero a la vez existencia nueva, brote que es independiente apenas nacido. Yo no estuve ahí, no fui yo la gacela que favorece, no bebió el poeta entre mis labios; pero ahora pasa por mi paladar, no sólo por mi imaginación ni como un espejismo, sino como una realidad, el efecto vigoroso de la voluptuosidad, aun sin pensar en una alcoba judía del siglo XI. Y soy también feliz como la gacela, porque palabra y cuerpo son, cada uno en su espacio, fuentes con surtidores que salpican apenas me acerco a ellos. No obstante, las impresiones y dádivas del verso son, como las de la carne y Dios, tan fugaces que, lo digo otra vez, no pueden describirse, porque el hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía del ser amado (no lo digo yo, sino Borges en Siete noches). En resumen, la hondura del beso se desconoce fuera del beso; la exaltación de los ángeles sólo se advierte en halos de beatitud; y la belleza es leche que inunda, hierve, derrama y se va.

Panos Kuparissis, ateniense de hoy, lo dice mejor, en un tejido breve, cuyo original ha de ser en griego demótico:

Detrás de los rumores del verano

germina una muchacha desnuda

sobre el estridor de las olas, subtérrea

cereal:

abre los ojos,

se lanza, púber, al mar

para ahogarme.