El Triángulo Analógico

Por Agustín Aguilar Tagle

Tercera entrega

Alcobas nupciales, altares litúrgicos y museos; epístolas galantes, catedrales, mezquitas y cancioneros; jardines secretos, sinagogas, confesionarios y auditorios: todos son ámbitos de la misma fiesta celebrada por el alma.

Alguien dijo, por ejemplo, que la predisposición a la creencia religiosa es la fuerza más poderosa y compleja de la mente humana. Cambio creencia religiosa por la palabra amor o por la palabra belleza, y la frase no estalla sino que conserva su acierto y su coherencia. Probaré, para confirmar mi pretensión, con otro ejemplo, éste de un declarado romanticismo (Poe):

Y así cuando gracias a la poesía o a la música (…) cedemos al influjo de las lágrimas, no lloramos (…) por exceso de placer, sino por esa petulante e impaciente tristeza de no poder alcanzar ahora, completamente, aquí en la tierra, de una vez y para siempre, esas divinas y arrebatadoras alegrías de las cuales alcanzamos visiones tan breves como imprecisas a través del poema o a través de la música.

Y aunque el autor de lo anterior, un bostoniano irrepetible, señala en otras líneas la singularidad tajante de la emoción que se deriva del encuentro con lo Bello, vale preguntar si acaso el paroxismo del enamorado y el éxtasis del santo no son semejantes en sus efectos a ese desasosiego que ciertamente producen, digamos, muchos versos de Pierre Reverdy, los haikús de Kobayashi Issa o algunas zonas de Altazor; hermanos de esa perturbación que ocasionan las Gymnopedias de Satie, las baladas monódicas del ars nova florentino, los paisajes de Chirico y Marianne Faithfull en Boulevard of broken dreams.

La lista siempre será arbitraria, subjetiva e incompleta, necia y definitivamente injusta; pero la sola mención de lo amado purifica el aire del que reza su propia letanía.

Una alegoría puede servirme para evocar los efectos físicos y los desórdenes interiores de que hablo…

En una galería iluminada por lámparas colgantes, Alicia Lidell contempla, a través de una puerta diminuta –apenas cuarenta centímetros de altura-, el más hermoso jardín que en su corta existencia ha visto; pero, por razones diversas, no puede entrar a él y llora desconsolada, llora las mismas lágrimas que, muy lejos del Támesis y cien años antes, Werther descubre y trata de explicar en una de sus cartas:

Hay algunas cosas lejanas que percibimos como un confuso porvenir, y el alma llega a entrever, como a través de un velo, un extenso universo; todos nuestros sentidos aspiran a encontrarse en él y a él se dirigen; y en esos momentos quisiéramos despojarnos de todo nuestro ser, para poder penetrar en él y gozar por completo de una sensación deliciosa y única; entonces corremos, volamos; pero cuando hemos llegado al término de nuestra carrera, nos hallamos entonces en el mismo punto de donde habíamos partido, nos encontramos con nuestra pobreza en nuestros estrechos límites, y agobiada nuestra alma por el peso de ese fantasma que la oprime, suspira desconsolada y ansía gustar el bálsamo refrigerante que ha desaparecido delante de ella.

Pienso ahora, para hacer entender mejor la analogía, en el hechizo que en los paladines de Carlomagno provoca Angélica, princesa del Catay; pienso en la fascinación mutua que domina los corazones de Tristán e Iseo, los de Píramo y Tisbe, de Calixto y Melibea (cuando Sempronio pregunta por la fe de su amo, éste responde: ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo), Dafnis y Cloe (para describir la inquietud de la pastora, Longo la compara con la agitación de una becerra picada por el tábano). Desvarían todos, y sus delirios están a la altura de la efervescencia que nos regala la poesía y la música.

Continuará…