El Triángulo Analógico

Por Agustín Aguilar Tagle

Segunda entrega

Sé que es un lugar común en las disertaciones sobre la naturaleza del amor, pero su encanto me impide evadirlo.

Existía antes, además del masculino y el femenino, el género andrógino, compuesto por seres redondos descendientes de la Luna, que combina las cualidades del Sol y de la Tierra; seres insolentes por su vigor y su fuerza, seres cuya soberbia fue reprimida por el mismo Zeus (ya lo dije en la primera entrega: alguien allá arriba no tolera los triunfos de la humanidad, así que los vuelve vanagloria, defecto del espíritu que sólo merece un castigo: la individualidad).

Zeus, hastiado de aglomerar nubes en sus ratos de ocio, dividió a los seres circulares y ordenó a Apolo que acomodara los rostros de los cortados para que, a partir de entonces, cada uno pudiera mirar su seccionamiento y reflexionar sobre la necesaria disciplina a partir del ombligo, señal de la cirugía.

Soy, por tanto, la mitad de otro, estoy disgregado y anhelo la reunión y la fundición, la homeostasis de la que hablan algunos psicoanalistas; soy, como diría san Agustín, massa damniationis, una masa de condenación que desea y persigue el todo. El mismo Marx enseña que el hombre es, en el sentido más literal, un animal político, no solamente un animal social, sino un animal que sólo puede individualizarse en la sociedad. Y si bien es cierto que el pensador alemán se refiere a las relaciones de producción, esto sólo confirma el apetito humano por la congregación, ya sea pareja, familia, tribu o el universo entero (el acto de anachoresis, que es el ejercicio del retiro, parece ver las cosas de otro modo; pero, en realidad, su propósito es el mismo: el regreso al cuerpo único, al seno inicial, a través de la ascensión del espíritu que sólo se logra en el silencioso aislamiento).

Y las dimensiones ineludibles para el triunfo de tales impulsos, para la plenitud espiritual son, repito, la erótica, la mística y la estética.

Aunque tal vez estoy hablando de una sola vía, de una misma savia. Muy probablemente, idilio, epifanía –o Pentecostés- y catarsis son fenómenos consubstanciales, instantes cuya filiación encuentro en una palabra alemana, einfühlung: ein, dentro; fühlen, sentir, el hecho irreductible, absolutamente singular de la conciencia, que consiste en lanzarla con su contenido propio, sobre los objetos que nos atemorizan o subyugan, nos encantan o seducen, nos consternan o nos dominan (Alfonso Caso).

Wilhelm Worringer, en su libro Abstracción y proyección sentimental, dice, para explicar el concepto del einfühlung, que el goce estético es un autogoce objetivado. Gozar estéticamente es gozarme a mí mismo en un objeto sensible diferente a mí mismo, proyectarme a él, penetrar en él con mi sentimiento. Con esta definición, no es difícil pensar igualmente del gozo erótico y de la complacencia mística.

Subrayo una palabra reciente: idilio, porque su raíz (eidos) habla de forma, de imagen. El vocablo indica trazo o esbozo de lo que se percibe inmediatamente, esa fuente de todos los impulsos, el atman y el brahman védicos, el deseo que se halla atrás de todos los deseos, de todas las aficiones. Así que el idilio es, por seguir con el lenguaje de las figuras, el ministerio de todas las pasiones, y cuando, coincidentemente, dos o más individuos asisten a él puede suceder la compasión, la participación en la pasión del otro, el condominio del mismo fuego, el einfühlung, pues, que promueve esa jubilosa sincronía de enajenación y ensimismamiento tan apreciada por los devotos de Dios, del arte o del amor, concordancia de dos fuerzas contrarias que, a su vez, aturde y entorpece al fervoroso tanto como si hubiese ingerido algún narcótico (la estupefacción es un estado que bien conocen los habitantes de cualquier idilio).

Continuará...