El Triángulo Analógico

Por Agustín Aguilar Tagle

Primera entrega

Es en el amor, en la fe religiosa y en el arte donde se concentran las experiencias más hondas del ser humano. Su origen, advierte Octavio Paz, es el hambre profunda de felicidad, la sed inagotable de reintegración, el ansia inmoderada de ser uno con otro, porque la soledad es el fondo último de la condición humana (y) el hombre es el único ser que se siente solo y el único que es búsqueda de otro; su naturaleza (…) consiste en un aspirar a realizarse en otro; el hombre es nostalgia y búsqueda de comunión (…); todos nuestros esfuerzos tienden a abolir la soledad.

Recuerdo, a propósito, el tercer capítulo del Génesis, que nos entera de la primera y más grave fractura, aquella que castigó nuestra arrogancia y nuestra indisciplina: fuimos arrojados del jardín de Edén y nunca pudimos regresar (Yahvé cuenta con extrañas criaturas aladas, que no han de ser diminutos niños flotantes sino monstruosos custodios que, desde entonces, guardan el camino del árbol de la vida e impiden la entrada al paraíso, en caso de que alguien la halle).

Quedamos, pues, solos como anacoretas desganados, huérfanos en este valle de lágrimas, porque Yahvé no admite competidores en su omnisciencia, y en eso se parece a los quichés Tepeu y Gucumatz, quienes, al no soportar la televisión natural de nuestros primeros padres, echaron un vaho sobre sus ojos para que éstos, así empañados, sólo vieran con cierta claridad lo que estaba cerca.

Tacañería, avaricia, mezquindad, envidia. No importa. No haré una disputa, no discutiré por ahora la conducta divina, esa misma que, para detener el alzamiento de la Torre de Babel, el gran zigurat babilónico, inventó la multiplicidad de lenguas; la misma que atrajo buitres hacia el vientre de Prometeo. Mejor, fijaré la atención en nuestro abandono…

La sensación es compartida por varios pueblos, incluso el griego, al menos por uno de sus más insignes representantes, Platón, uno de cuyos diálogos contiene reflexiones e información útiles para este discurso: El Banquete (o Simposio, como lo llama Luc Brisson), donde uno de los comensales, Aristófanes, evocación del comediógrafo, aliviado ya de un molesto hipo por medio de estornudos, recurre a la mitología para explicar tantos afanes del hombre por regresar a un supuesto aspecto primario.

Sé que es un lugar común en las disertaciones sobre la naturaleza del amor, pero su encanto me impide evadirlo, así que en la próxima entrega relataré a los más jóvenes el mito platónico del andrógino primordial.

Continuará