1936: Memorias sobre los primeros años de la Escuela Bancaria y Comercial

Por Felisa Prieto de Carrillo

Recuerdos de la maestra Felisa Prieto Argüelles

"...la escuela [la EBC] es indudablemente parte de la historia de México y desde luego importantísima parte de la historia de esta Ciudad tan atribulada ahora y tan preciosa entonces."

Felisa Prieto Argüelles

El viernes 26 de agosto de 2005, doña Felisa Prieto Argüelles recibió en su casa a integrantes del Archivo Histórico de la EBC para platicar sobre sus recuerdos de los días en los que estudió y trabajó en su querida Bancaria.

Felisa Prieto Argüelles, estudió la carrera de Funcionario Bancario de 1936 a 1940 y poco tiempo después de haber concluido comenzó a trabajar como instructora en el Departamento de Cursos por Correspondencia y como profesora de Lengua y Literatura Castellanas, supliendo en ocasiones, a don Agustín Loera y Chávez.

La charla que Izkalotzin González Flores y Alejandro Fabián Ruiz sostuvieron con la maestra Felisa Prieto, inició con la lectura de un texto que ella misma preparó para compartir sus memorias con la comunidad de la EBC y que transcribimos a continuación:

“Mi ingreso a la Escuela Bancaria y Comercial fue una consecuencia del experimento político que constituyó la elección del General Lázaro Cárdenas a la Presidencia de la República. En el año de 1935, el nuevo presidente decretó que México, de ahí en adelante, sería educado dentro de los patrones del socialismo. Inmediatamente fueron clausurados todos los colegios confesionales, estos eran los que administraban en su mayor parte los religiosos y sacerdotes católicos. Cuando tal cosa sucedió, yo era alumna del high school de la Escuela del Verbo Encarnado, que en esos años tenía su plantel en Santa María la Ribera, mi problema –muy difícil de solucionar- era que carecía yo de certificado de primaria y de certificado de secundaria. Teníamos apenas dos años de desempacados después de casi once años del destierro político de mi papá.

Esos años los habíamos vivido en los Estados Unidos de Norteamérica. Por lo tanto, mi educación primaria y media, incluyendo el pase a la media superior, los había vivido y estudiado en aquellas tierras extranjeras. El problema no se limitaba a la documentación de estudios, yo hablaba y entendía el español sencillo pero ni lo leía ni lo escribía. México no tenía necesidad, o por lo menos así parecía, de colegios bilingües; y para los residentes americanos y para los diplomáticos, así como para los hijos de empresarios presumidos, estaba el Colegio Americano. Lo que menos quería mi padre era que yo estudiara nuevamente en un ambiente de colegio gringo, así fue que después de un intento fallido que no fue del agrado de mi papá, yo me quedé un año sin estudiar.

Ante el dilema de qué hacer con la niña, niña que ya había cumplido los 16 años, algún pariente le sugirió a mis papás la posibilidad de ver la inscripción a una escuela comercial que empezaba a cobrar fama de buena institución educativa. Por lo menos debe ser muy decente porque el director es Agustín Loera y Chávez. El personaje en cuestión era bien conocido por la familia. El resultado fue que el 6 de enero de 1936, llegué minutos antes de las 8 de la mañana con mi constancia de inscripción para iniciar una muy importante etapa de mi vida.

La EBC ocupaba los pisos tercero y cuarto del edificio de la esquina de Palma y Venustiano Carranza. El edificio se conocía como el de Gerber. Nada tenía que ver con la alimentación infantil que entonces no existía. La planta baja de la construcción la ocupaba un negocio mueblero de importación de nombre Gerber Carlisle & Co.

El salón que me tocó fue el segundo, bajando la escalera del cuarto al tercer piso. Ya don Agustín le había advertido a mi mamá que estaría yo en un salón casi totalmente de varones, será por eso que me acuerdo más de las pocas mujeres que iniciamos allí la carrera de Funcionario Bancario. La población femenina estaba compuesta por dos claros sectores: el elitista, señoritas de familias más o menos acomodadas y las que modestamente no teníamos más credenciales que las de pertenecer a una muy moderada clase media. De las primeras, recuerdo claramente a Blanca Estela Velázquez, a Guadalupe Kretchmar, a Esther Licona, Yolanda Ortiz Tirado, Dea Ojeda, y a Esperanza Díaz Ceballos, increíblemente Esperanza no funcionó en bancos sino en el cine, con el nombre de Esperanza Bauer y se casó con John Wayne. De nuestra parte, estábamos Dolores Bush, María de los Ángeles Agráz, Edith Valencia, Carmen Liceaga, Ana María Noreña, Lucía Torner y yo.

Los hombres, se me hacía que eran demasiado jóvenes, excepto Eduardo Baar, Vicente Lizar y uno que otro no tan tonto. Fue muy difícil ese primer año, teníamos unos maestros espléndidos y los tuvimos toda la carrera. Estaban los Caso. El licenciado Ángel Caso era Subdirector y nos daba Introducción al Derecho, materia que me fascinaba. Siempre quise ser abogada. Años después, nos dio la materia de Derecho Agrario. Manuel Toussaint impartió Materia Cultural. Don Antonio Caso nos dio algunas pláticas sobre la apreciación de la música, don Salvador M. Elías –el maestro de voz inolvidable-, el licenciado Blanco impartió Derecho Laboral. Don Agustín nos quiso enseñar el buen hablar y el buen leer en español; sus clases eran muy interesantes pero no muy académicas, a mí me costaba muchísimo trabajo seguirlas, tanto que confieso con pena que reprobé el primer reconocimiento mensual.

En aquél tiempo (suena bíblico y casi lo es) los exámenes mensuales se escribían en pequeños cuadernos y nunca olvidaré lo que el maestro Loera y Chávez, que era también director de la escuela me dijo, “Señorita Prieto, he intentado leer sus contestaciones a su examen, lamento decirle que, desde luego, usted no escribe en español y dudo que lo haga en inglés.” Rara vez he sentido vergüenza igual, en ese momento me propuse “el nunca más”. Cinco años más tarde, en ese mismo salón de clase daba yo la clase de Lengua y Literatura Castellanas.

También, de feliz memoria, fueron mis maestros Gustavo Mondragón, con quien hace poco más de un año tuve una plática gratísima. Él frisa en los 92 y yo en los 86. Fue un maestro joven pero muy capaz, además era y es muy bien parecido, y persona finamente educada. Destaca con gran preponderancia el maestro Joaquín Ibarrola Grande. El maestro Alfredo Chavero. El maestro Octavio Calvo, excelente maestro de Legislación Fiscal y cómo olvidar a mi muy querido maestro de Organización de oficinas, el brillante Manuel Tello. Además desfilaron otros ilustres hombres como don Mariano Alcocer, ínclito maestro de Economía; Pablo Latapí, Jorge Michel, Wilfrido Castillo Miranda y, en la clase de Inglés el marqués Manuel Romero de Terreros.

Durante el cuarto año de carrera, en 1939, se fundó la Dirección de Estadística y, por supuesto, don Agustín consiguió que la materia precisamente de Estadística nos la impartiera el nuevo director de la flamante institución.

Sería incompleto, como de todos modos seguramente lo será, lo que aquí relato si no mencionara dos pilares de la Bancaria de entonces: don Alejandro Prieto y don Luis Ruiz de Velasco. El primero fue mi maestro y el segundo mi jefe.

Intentaré un catálogo de anécdotas de aquellos días, aunque tengo presente que el recuerdo es tan particular como el individuo mismo. Nos acordamos de cosas diferentes, aun viviendo las experiencias similares y hasta iguales. Mi frustrada ambición de trabajar, efectivamente como Funcionaria bancaria, me llevó a aceptar el ofrecimiento que don Agustín me hizo de formar parte del Departamento de Cursos por Correspondencia como instructora. Cada año durante los meses de junio y julio, don Agustín viajaba a Europa y yo lo suplía en sus clases de Lengua y Literatura Castellanas.

El Internado de la Bancaria en las Lomas de Chapultepec, la inolvidable noche mexicana, los baños con grifos de oro, los tés danzantes y las ceremonias de premiaciones.

El cisma provocado por el licenciado Ángel Caso, la llegada del licenciado Delgado y el cambio de la Subdirección en Secretaría General.

Personal de la Oficina. La inefable Judith Corona, la eterna y fiel secretaria de don Agustín. María Teresa Porras, exalumna y muy buena secretaria. Raquel Vega, cajera por muchos años. Jorge Arena, Ricardo Medrano, López Rosado, Cristóbal Sayago, brillante y enigmático. Ángel Alvarado en el área de disciplina. El carrito de té que entraba al salón de maestros todas las tardes en punto de las cinco, cuando ya los alumnos salían de clase. Las ceremonias de premios en la biblioteca, los concursos en las materias más importantes después de los exámenes, las monografías en arquitectura, pintura, escultura y música. El trabajo de corrección en la editorial con el licenciado Ricardo Orozco Emerson.

Es menester mencionar las largas tardes durante las cuales, saliendo de Palma 44, nos íbamos en pequeños grupos a llevar a cabo las labores de investigación que se requería hacer para las famosas monografías. La Biblioteca Nacional, la de San Carlos y hasta la recién estrenada del Congreso en la calle de Tacuba fueron escenarios de nuestros afanes informativos.

Es difícil visualizar una época en la que los estudiantes en su mayoría no contábamos más que, en el mejor de los casos, con vetustas máquinas de escribir. La mayoría de los trabajos que los maestros nos requerían, los hacíamos a mano.

El hecho de que la Bancaria estuviera en el Centro no era de relevancia extraordinaria, era una escuela para gente que se proponía trabajar algún día. No hay que olvidar que un sector muy importante de la escuela era su turno nocturno, la escuela para empleados. Tampoco debe hacerse a un lado la alta importancia que por mucho tiempo tuvo la Escuela por correspondencia, como instructora recuerdo muchísimos casos, algunos chuscos, otros no tanto.

Durante algunos años, los Cursos por correspondencia se alojaron en Palma 27, donde la Bancaria alquilaba una pequeña oficina de dos espacios, uno para la editorial y el otro para la Escuela por correspondencia. Precisamente porque el espacio llegó a ser demasiado pequeño, en el piso superior del mismo edificio se alquiló otra oficina para que la editorial y algunos archivos de Cursos por correspondencia pudieran ampliarse.

En las escaleras de Palma 27 conocí al licenciado Carrillo Zalce, alumno de don Agustín desde sus días preparatorianos y que ahora prestaba sus servicios en la editorial.

El Centro de ese tiempo, aún no denominado Histórico, era fascinante. Enfrente de la Bancaria estaba la Casa Armand, almacén pequeño y distinguido, muy afrancesado, donde se podía comprar telas, encajes, listones y botones. Atravesando la calle de Venustiano Carranza, a unos pasos de la esquina con Palma, estaba la Salchichonería Fischot, en este pequeño y sencillo local se preparaban deliciosas tortas en bolillos largos y más bien pequeños, costaban 25 centavos. No era frecuente tener el efectivo sobrante del transporte de cuatro viajes diarios que le permitiera a uno tan singular deleite. Después vino Sidralí en la esquina de Madero y Palma, también muy socorrido por los alumnos pero de menor calidad y menos romance que Fischot. Las empanadas de este pequeño local eran pequeñas pero deliciosas. No teníamos para mucho pero todo lo disfrutábamos.

Los camiones colonia del Valle-Coyoacán tenían su terminal en Palma, enfrentito de la Escuela. Ahí también daban vuelta los tranvías para el regreso. El Centro mercantil París Londres, la gran sedería Summer and German, la Casa Boquer, la Joyería La Princesa, el Palacio de Hierro, el Puerto de Liverpool, eran algunos de los almacenes que rodeaban a la Escuela. Muy importantes para nosotros eran la preciosa papelería de la Elvetia y la mucho más democrática El lápiz del águila, hay que acordarnos que no había bolígrafos, la computadora todavía ni se soñaba.

Fue en el edificio sobre la calle de Venustriano Carranza donde se alquiló una pequeña oficina para darle formal inicio a la Asociación de Exalumnos de la Escuela Bancaria y Comercial, cuyo primer padrino fue el maestro Manuel Tello. Ya me cansé y no les he contado ni la mitad.

Por último, quiero hacer constar mi agradecimiento a mi Escuela, podría decirse que en pocas ocasiones se han recibido tantos beneficios, me dio excelente instrucción, además de regresarme mi lengua materna, complementando así la educación recibida de mis padres. Además me proporcionó trabajo y puso en mi camino a quien habría de ser mi marido, hombre instruido y culto, prudente, paciente y bohemio. Durante los 43 años que compartí con él, estuvo cercana la Escuela Bancaria y Comercial."

Recordamos con cariño y respeto a Doña Felisa Prieto de Carrillo y, hoy, compartimos con toda la comunidad -con todo nuestro agradecimiento- el texto que preparó para narrarnos sus memorias de la EBC.